El brillo de Amaterasu


En el reino celestial de Japón, brillaba con intensidad la diosa Amaterasu, soberana del sol y la luz. Su esplendor iluminaba los corazones de todos los habitantes del pueblo, quienes celebraban con alegría su constante presencia. Sin embargo, su hermano, Susanoo, poseía una personalidad tempestuosa y envidiosa, y siempre anhelaba opacar el brillo de su hermana. Un día, en un ataque de furia, Susanoo desató una violenta tormenta sobre el pueblo, provocando caos y destrucción por doquier. Amaterasu, temiendo por la seguridad de su amado pueblo, se refugió en una cueva oscura para protegerse de la ira de su hermano, sumiendo al mundo en la oscuridad. El pueblo, desesperado ante la ausencia de la diosa del sol, buscó incansablemente una forma de traer de vuelta su resplandor.

Pasaron días y noches, pero Amaterasu se negaba obstinadamente a abandonar su escondite, sumiendo al mundo en una profunda oscuridad. El pueblo, con corazones valientes, se reunió en torno a la cueva, buscando una manera de devolver la luz al mundo. -Por favor, Amaterasu, sal de la cueva. Sin tu luz, nuestro pueblo se encuentra en tinieblas. Necesitamos tu resplandor para vivir en paz y armonía-, clamaban con fervor. Sin embargo, la diosa permanecía inquebrantable en su decisión de no salir, sumiendo al mundo en una tristeza profunda.

Ante esta situación, el pueblo no se rindió y decidió emprender un plan para convencer a Amaterasu de salir de la cueva. Prepararon una celebración llena de alegría y júbilo frente a la entrada de la cueva, tocando tambores, bailando y riendo a carcajadas. Además, tejieron hilos brillantes y realizaron espejos resplandecientes para situarlos en la entrada de la cueva. El brillo y la música inundaron el espacio, penetrando en la cueva donde se encontraba la diosa. Poco a poco, la curiosidad invadió el corazón de Amaterasu, quien asomó tímidamente su rostro para observar lo que sucedía. Quedó impresionada por la alegría y el resplandor que emanaba del exterior.

La diosa, conmovida por el esfuerzo y el amor de su pueblo, finalmente emergió de la cueva, desatando su resplandor celestial sobre el mundo una vez más. El brillo de Amaterasu iluminó cada rincón, disipando las tinieblas y devolviendo la alegría y la esperanza al pueblo. La hermosa celebración se convirtió en una festividad anual para recordar la importancia de la luz, la alegría y la unión. Desde entonces, Amaterasu comprendió que su luz era un regalo para el mundo y que la unidad y la felicidad eran fundamentales para compartir su resplandor. Susanoo, por su parte, aprendió a apreciar la luz de su hermana, comprendiendo que su brillo no empañaba el suyo, sino que complementaba el mundo con su esplendor.

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