El juego de las palabras amables

Matías y Fernando eran dos amigos inseparables. Un día, mientras estaban jugando en el parque, escucharon a Rodrigo criticando a otros niños por su aspecto físico y forma de hablar.

"¿Por qué siempre tiene que ser tan hiriente?", se preguntó Matías. "No lo sé", respondió Fernando, "pero no podemos dejar que siga hablando así". Decidieron entonces hablar con sus amigos para encontrar una solución al problema. Pronto se unieron a ellos Martina, Juan y Sofía.

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"Chicos, ¿han oído cómo habla Rodrigo de los demás?", preguntó Matías. Todos asintieron con la cabeza. "Creemos que deberíamos darle una lección para que aprenda a respetar a los demás", dijo Fernando.

Los amigos pensaron en muchas formas de enseñarle una lección a Rodrigo, pero ninguna parecía suficientemente buena. Entonces Martina tuvo una idea brillante:"Podríamos hacer un juego donde cada uno tenga que decir algo bueno sobre el otro sin repetir lo mismo.

"Todos los amigos aceptaron emocionados la idea. Sabían que sería difícil para Rodrigo participar en este juego porque estaba acostumbrado a criticar todo lo que veía. Pero decidieron intentarlo igualmente.

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Al día siguiente organizaron el juego en el parque donde solían jugar juntos. Cada niño decía algo positivo sobre otro miembro del grupo, evitando repetir lo ya dicho por otro compañero anteriormente.

Todos disfrutaban del juego excepto Rodrigo, quien parecía incómodo e inquieto ante tantos halagos hacia él y sus amigos. Cuando llegó su turno de hablar, Rodrigo se quedó en silencio por un momento. Luego, con una voz temblorosa, comenzó a hablar:"Yo... yo no sé qué decir.

Siempre critico todo lo que veo y nunca me detengo a pensar en las cosas buenas". Los amigos sonrieron al escuchar esto y animaron a Rodrigo para que siguiera hablando. "Creo que esta es una lección importante para mí", continuó Rodrigo.

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"Debería empezar a ver lo bueno de la gente y no solo centrarme en lo malo". Desde ese día, Rodrigo dejó de criticar a los demás y comenzó a buscar lo bueno en cada persona que conocía.

Los amigos estaban felices de haberle enseñado esa lección tan valiosa y se sintieron orgullosos de su amistad. La moraleja de la historia es que siempre hay algo bueno en cada persona, incluso si no podemos verlo inmediatamente.

Debemos tratar a los demás con respeto y aprender a apreciar sus cualidades positivas, sin importar cómo luzcan o actúen en el exterior.

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