El naranjo de la casita de Tucumán


En la casita de Tucumán vivían Martina y Tomás, dos hermanitos muy inquietos y curiosos. Un día, descubrieron que en el jardín de su casita crecía un hermoso naranjo repleto de frutas jugosas y dulces.

"¡Mira Martina, tenemos un naranjo en nuestro jardín!" exclamó Tomás emocionado. "Sí, y qué lindo sería cuidarlo y verlo crecer" respondió Martina con entusiasmo.

Los niños decidieron regar el naranjo todos los días, asegurándose de que recibiera suficiente luz del sol y protegiéndolo de las plagas. Con el tiempo, el naranjo creció fuerte y sano, regalándoles cada temporada una abundante cosecha de deliciosas naranjas. Un día, un viento fuerte azotó la casita y derribó parte del naranjo.

Los niños estaban tristes, pero recordaron que el naranjo había resistido muchos desafíos y que juntos podían ayudarlo a recuperarse. Así que con cuidado, lo podaron, lo apuntalaron y lo cuidaron con amor.

El naranjo se recuperó lentamente, y los niños aprendieron la importancia de la paciencia y la perseverancia. Una tarde, mientras jugaban en el jardín, vieron que una familia de pajaritos había hecho su nido en las ramas del naranjo.

Los niños se emocionaron al ver a los pajaritos, y entendieron que su naranjo no solo les daba frutas, sino también un hogar a otras criaturas. Desde entonces, Martina y Tomás cuidaron el naranjo con aún más amor, sabiendo que cada pequeño esfuerzo podía marcar la diferencia en el mundo.

Y el naranjo de la casita de Tucumán siguió creciendo, regalando frutos y alegría, enseñando a los niños importantes lecciones sobre la naturaleza, el cuidado y la gratitud.

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