El tigre que quería volar


En un frondoso bosque, vivía una linda paloma llamada Pichoncita. Un día, Pichoncita encontró a un tigre llamado Rugido llorando debajo de un árbol. -¿Por qué lloras, señor Tigre? -preguntó Pichoncita con curiosidad.

-Oh, pequeña paloma, estoy triste porque siempre quise volar como tú, pero soy un tigre y nunca podré hacerlo -respondió Rugido entre sollozos. Pichoncita, conmovida, decidió ayudar a Rugido. -No te preocupes, tengo un plan. Vamos a buscar la casa de mi mamá, ella nos ayudará.

Juntos se dirigieron hacia la casa de la mamá de Pichoncita, quien al escuchar la historia, les dijo: -Tanto el tigre como la paloma tienen habilidades especiales. Pichoncita puede volar y Rugido es fuerte y valiente.

Pero a veces, queremos ser como otros en lugar de apreciar lo que somos. Sin embargo, con esfuerzo y perseverancia, podemos lograr grandes cosas.

Con estas sabias palabras, Pichoncita y Rugido entendieron que cada uno tiene sus propias cualidades y que en lugar de envidiar al otro, debían aprender a valorar sus propias habilidades. Inspirados por las palabras de la mamá de Pichoncita, decidieron trabajar juntos para construir un artefacto que permitiera a Rugido experimentar la sensación de volar.

Después de días de trabajo duro y determinación, lograron construir unas alas lo suficientemente grandes para Rugido. Emocionado, Rugido se puso las alas y, con la ayuda de Pichoncita, comenzó a correr por la colina.

¡Y para sorpresa de todos, el tigre logró despegar y volar junto a su amiga paloma! Desde ese día, Rugido entendió que no necesitaba ser una paloma para volar, sino que podía hacerlo a su manera.

La mamá de Pichoncita había enseñado una valiosa lección: cada ser tiene su propia magia, y lo importante es aprender a valorarla y desarrollarla. Así, Pichoncita y Rugido siguieron volando juntos, demostrando que la verdadera amistad radica en apoyarse mutuamente y valorar las diferencias.

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