El trato del diablo

Había una vez en un pequeño pueblo llamado San Patricio, un niño llamado Mateo que siempre había soñado con tener una botella mágica que le concediera cualquier deseo que pidiera.

Un día, mientras jugaba en el bosque, encontró una botella brillante escondida entre los arbustos. Sin pensarlo dos veces, la agarró emocionado y la sacudió con fuerza.

De repente, un humo oscuro salió de la botella y se formó frente a él un pequeño diablo con cuernos y cola puntiaguda. El diablo le dijo a Mateo: "¡Hola! Soy el Diablo de la Botella y estoy aquí para cumplir tus deseos... ¡pero ten cuidado! Cada vez que pidas un deseo, tendrás que pagar un precio muy alto".

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Mateo no sabía qué hacer. Por un lado, estaba emocionado de poder pedir cualquier cosa que quisiera, pero por otro lado, tenía miedo de lo que pudiera suceder si accedía a los deseos del diablo.

Después de pensarlo detenidamente, decidió probar pidiendo su primer deseo. "Quiero tener todos los juguetes del mundo", dijo Mateo con entusiasmo. El diablo sonrió maliciosamente y chasqueó los dedos.

Al instante, el cuarto de Mateo se llenó hasta el techo con todo tipo de juguetes: muñecas, autos a control remoto, bloques de construcción y pelotas de colores. Mateo estaba extasiado viendo tantos regalos maravillosos. Pero al cabo de unos minutos, comenzó a sentirse débil y mareado.

Se dio cuenta de que algo no estaba bien cuando vio su reflejo en el espejo: su rostro palidecía rápidamente y sus manos temblaban sin control. "¿Qué me está pasando?", preguntó asustado a la criatura infernal.

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El diablo se rió siniestramente y le explicó: "Cada deseo tiene un precio. En este caso, tu vida se acorta cada vez que pides algo". Mateo sintió miedo e incertidumbre ante las palabras del diablo.

Sabía que debía ser valiente para encontrar una solución a esta situación tan complicada. Decidió enfrentar al diablo con determinación: "Quiero romper esta maldición y vivir sin consecuencias negativas por mis deseos", exclamó firme. El diablo frunció el ceño por primera vez desde que lo conocía Mateo.

Parecía sorprendido por la valentía del niño ante tal adversidad. Tras unos momentos de silencio tenso, finalmente respondió:"Muy bien, has demostrado ser más astuto de lo esperado.

Romperé la maldición bajo una condición: deberás ayudar a tres personas necesitadas antes del atardecer o volverás a caer en mi trampa". Mateo aceptó el reto sin dudarlo y salió corriendo hacia el pueblo en busca de alguien a quien ayudar.

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Se topó con un anciano cansado cargando bolsas pesadas desde el mercado hasta su casa; decidió brindarle ayuda llevando las bolsas hasta su hogar. Luego vio a una niña llorando porque había perdido su peluche favorito; Mateo buscó por todos lados hasta encontrarlo escondido detrás de unos arbustos.

Por último divisó a un perro abandonado en la calle; lo llevó consigo hasta llegar al refugio local donde sabía recibirían al animalito con cariño.

Al caer la tarde volviendo al lugar donde encontrara la botella encantada para cumplir con lo pactado junto al demonio, este apareció complacido ante las acciones bondadosas realizadas por Mateo:"Has demostrado tener nobleza en tu corazón al pensar en los demás antes que en ti mismo", reconociendo así haber sido superados sus planes malignos.

Con una risa burlona desapareció dejando tras sí solo destellos luminosos como señal del fin del maleficio impuesto sobre aquel infante honorable.

Desde ese día Mateo aprendió una gran lección sobre generosidad y altruismo gracias a esa inolvidable experiencia junto al Diablo de la Botella Mágica; comprendiendo además el verdadero valor detrás del actuar desinteresadamente hacia quienes nos rodean fortaleciendo así sus virtudes como persona digna e íntegra dentro comunidad donde habitaba siendo ejemplo vivo para quienes le conocían inspirándolos igualmente convertirse también mejores seres humanos día tras día.

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