El valor de la amistad en el bosque encantado


Había una vez en un bosque encantado, un árbol llamado Ezequiel. Era un árbol muy especial, con hojas verdes brillantes y ramas fuertes que se extendían hacia el cielo.

Ezequiel siempre estaba feliz porque tenía a su lado a su mejor amigo, el arroyo Cristal, que le brindaba agua fresca y pura todos los días. Un día, una sequía golpeó el bosque y el arroyo Cristal se secó por completo.

Ezequiel comenzó a sentirse débil y triste al no recibir la vitalidad del agua. Sus hojas empezaron a marchitarse y sus ramas se volvieron frágiles. Lloraba savia en lugar de lágrimas. "¡Amigo arroyo Cristal, ¿dónde estás? ¡Necesito tu ayuda!", clamaba Ezequiel con voz temblorosa.

Pero no había respuesta, el arroyo seguía seco y Ezequiel cada vez estaba más débil. Sin embargo, en ese momento de desesperación, escuchó una vocecita dulce que provenía de entre sus raíces.

"No llores, querido amigo árbol", dijo una pequeña semillita que había caído al suelo hacía mucho tiempo y creció escondida bajo la sombra de Ezequiel. "Yo puedo ayudarte". Ezequiel miró sorprendido a la pequeña semilla y le preguntó cómo podría ayudarlo en medio de la sequía.

La semilla le explicó que ella tenía guardada agua dentro de sí misma gracias a las lluvias pasadas que logró absorber cuando aún era pequeña.

Con mucho esfuerzo logró empujar sus raíces hacia abajo hasta alcanzar esa reserva de agua subterránea. "Si me ayudas a salir a la superficie puedo compartir mi agua contigo para que puedas recuperar tu fuerza", propuso la valiente semilla.

Ezequiel aceptó emocionado la ayuda de su amiga y juntos trabajaron para hacer crecer a la semilla hasta convertirla en un hermoso brote lleno de vida. La semilla compartió generosamente su agua con Ezequiel quien poco a poco fue recuperando su vitalidad perdida.

Días después, finalmente llegaron las ansiadas lluvias al bosque y el arroyo Cristal volvió a fluir con fuerza. Ezequiel ya no necesitaba más del agua de la semilla pero ahora habían forjado una amistad tan fuerte que nada podría romperla.

Desde entonces, Ezequiel cuidaba amorosamente al brote que salvó su vida enseñándole todo lo necesario para crecer fuerte y sano como él lo hizo antes.

Así demostraron que incluso en los momentos más difíciles, la verdadera amistad puede traer esperanza y renovar nuestras fuerzas para enfrentar cualquier adversidad en esta maravillosa danza entre árbol, agua, vida, amistad e incluso lágrimas convertidas en savia. Y así vivieron felices por siempre compartiendo sus días bajo el cálido sol del bosque encantado donde los milagros pueden ocurrir cuando menos lo esperamos.

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