El viaje de Pedro el cocodrilo a Conejolandia


En las profundidades del bosque, vivía Pedro, un cocodrilo muy comelón. Un día, mientras nadaba en el río, se encontró con un hermoso pez arcoíris. Sin pensarlo dos veces, Pedro lo engulló de un solo bocado y, para su sorpresa, de repente se encontró en un mundo mágico llamado Conejolandia. Allí, vio a muchos conejos jugando y brincando de un lado a otro, pero algo llamó su atención: una serpiente que parecía estar triste y enojada todo el tiempo. Sin dudarlo, Pedro decidió ayudar a la serpiente a ser feliz.

Al acercarse a la serpiente, Pedro notó lo resentida que estaba. - ¿Qué te sucede? – le preguntó con su voz grave y calma. - No me gusta jugar ni estar feliz, ¡no me interesan esas tonterías! – respondió la serpiente con desdén. Pedro no se dio por vencido y, con paciencia, le explicó que la alegría y la diversión eran importantes para todos, incluso para una serpiente. La serpiente, aunque al principio se resistió, poco a poco comenzó a escuchar a Pedro, quien le contó historias sobre los momentos felices que había vivido en su viaje por el río.

Con el tiempo, la serpiente empezó a mostrar interés por las actividades de los conejos y, a regañadientes, se acercó a observarlos. Para su sorpresa, se encontró sonriendo y riendo ante las travesuras de los conejos. Pedro, orgulloso, le sonrió amablemente. - ¿Ves? La alegría está en todas partes, solo tienes que permitirte sentirla – le dijo. La serpiente, con emociones encontradas, asintió lentamente. A partir de ese día, la serpiente se unió a los juegos y alborotos de Conejolandia, y aunque de vez en cuando volvía su mirada melancólica, ya no era la misma.

Pedro supo que su viaje a Conejolandia no había sido solo cuestión de suerte. Había llegado allí para llevar un mensaje de amistad y alegría, y también para recordar que todos, sin importar su aspecto o forma, merecen ser felices. Con su valentía y su perseverancia, Pedro había logrado transformar un corazón triste en uno lleno de esperanza y sonrisas. Y así, en Conejolandia, la serpiente encontró un nuevo propósito: ayudar a los demás a encontrar la felicidad.

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