La aventura de la tortuga y el vendedor


Había una vez en un pequeño pueblo, un vendedor de animales llamado Manuel, que recorría las calles con su carromato lleno de jaulas y peceras. Un día, mientras caminaba por el mercado, vio a un grupo de niños jugando con una tortuga. Los pequeños la habían encontrado abandonada, y Manuel no pudo evitar sentir pena por el animal solitario. Decidió adoptarla y llevarla consigo en su carromato, donde la bautizó como Lola.

Por otro lado, en una casa cercana, vivía el abuelo Tomás, un hombre amable y risueño que disfrutaba de largos paseos por el pueblo. Una mañana, al salir a comprar el pan, encontró a una diminuta tortuga de caparazón resplandeciente en mitad de la calle. Tomás no lo dudó ni un segundo y la recogió en sus manos, decidido a darle un hogar confortable. Al llegar a casa, se encontró con su nieta Martina, una bella mujer de ojos vivaces y alma aventurera, quien al ver a la tortuguita, propuso que se llamara Matilda.

Un día soleado, el destino quiso que Manuel, el vendedor de animales, pasara por la calle donde vivían el abuelo Tomás y Martina. Al reconocerlo, el abuelo se acercó con curiosidad, sosteniendo a Matilda en sus manos.

- Buenas tardes, joven Manuel. ¿Qué lo trae por estos lares? -saludó el abuelo con una sonrisa.

- Buena tarde, señor Tomás. Solo paseo con mis animalitos, ¡mire! -respondió Manuel, sacando a Lola de su caja para que el abuelo la vea.

La casualidad dio pie a una conversación entre ambos, y como la vida tiene sus propios planes, los tres terminaron compartiendo una merienda en el jardín de la casa. Fue así como Manuel, el abuelo Tomás y Martina se conocieron, y desde aquel día, los encuentros se volvieron habituales.

Un año después, la convivencia y el cariño entre ellos se había fortalecido, y habían decidido que Manuel se mudara a una casita al lado del jardín de los abuelos. Entre risas, cuidados y aventuras, forjaron una bonita amistad, en la que cada uno aportaba algo especial. Manuel enseñaba a Martina y al abuelo todo sobre los animales que vendía, y juntos construyeron un espacio en el jardín con una hermosa pileta para que Lola y Matilda pudieran disfrutar de su propio mundo acuático.

Los días se llenaron de nuevos colores y vivencias, y la historia de cómo una tortuga unió a un vendedor, un abuelo y una bella mujer se convirtió en la leyenda favorita de los niños del pueblo. Todos aprendieron que la amistad no conoce de edades, y que los lazos que unen a las personas pueden surgir de los lugares más inesperados. Y así, Lola y Matilda, junto al vendedor, el abuelo y Martina, vivieron felices para siempre en su pequeño paraíso, donde la magia de la amistad y el amor los unió para siempre.

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