La chispa del mago Zepelín

Había una vez un pequeño pueblo en el que los adultos nunca prestaban atención a lo que decían los niños. Siempre pensaban que sabían mejor y les daban órdenes sin escuchar sus ideas o deseos.

Los niños se sentían ignorados y tristes, pero no sabían cómo hacer para cambiar las cosas. Un día, llegó al pueblo un mago muy especial.

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Era un mago diferente a todos los demás, porque él sí sabía escuchar a los niños y valorar sus opiniones. Se llamaba Zepelín y tenía una enorme barba blanca que llegaba hasta el suelo. Los niños del pueblo estaban emocionados por conocerlo, así que organizaron una fiesta de bienvenida en su honor.

Todos se reunieron en la plaza central para darle la bienvenida con música y baile. Zepelín estaba encantado con la alegría de los niños, pero pronto notó algo extraño en el ambiente del pueblo.

Los adultos parecían estar apagados y aburridos, como si hubieran perdido toda la chispa de la vida. Zepelín decidió investigar más a fondo esta extraña situación y comenzó a hablar con algunos habitantes del pueblo.

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Todos le contaron lo mismo: habían perdido su entusiasmo por la vida porque creían saber todo lo necesario para vivir felices. El mago comprendió entonces cuál era el problema del lugar: los adultos habían dejado de aprender cosas nuevas e interesantes porque pensaban que ya lo sabían todo.

Entonces Zepelín tuvo una idea: crear una escuela para enseñarles a los adultos cómo pensar como niños otra vez, siendo curiosos e imaginativos ante cada cosa nueva que se les presentara. Los adultos, al principio, se mostraron escépticos.

¿Aprender como niños? ¿Qué sentido tenía eso? Pero Zepelín los convenció de que la vida era mucho más divertida y emocionante cuando uno estaba dispuesto a aprender cosas nuevas todos los días. Así que comenzaron las clases en la escuela del mago.

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Los adultos aprendieron a ver el mundo con ojos nuevos, a cuestionar lo que siempre habían dado por sentado y a disfrutar de la aventura de aprender algo nuevo cada día. Descubrieron que nunca es tarde para aprender y crecer.

Y lo mejor de todo fue que los niños finalmente tuvieron una voz activa en el pueblo.

Los adultos comenzaron a pedirles sus opiniones y consejos sobre todo tipo de temas, desde cómo decorar la plaza hasta qué actividades organizar en las fiestas. El pueblo se llenó de vida otra vez gracias al mago Zepelín, quien enseñó a los adultos la importancia de escuchar y pensar como los niños. Y así vivieron felices para siempre.

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