
Pasaron meses desde la gran lluvia. El pueblo cambió: reciclaban, cuidaban el agua, y los niños limpiaban el río cada sábado. Pero Tomás sentía que no era suficiente. «Necesitamos hacer algo permanente», le dijo al abuelo Rodrigo. El anciano sonrió y sacó de su bolsillo diez semillas pequeñas, redondas y brillantes como canicas verdes. «Semillas de ceiba. Las he guardado cincuenta años esperando a alguien digno de plantarlas».
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Capítulo 4: ¿qué pasa después?
Continúa la historia con los mismos personajes: escribe el siguiente capítulo en un par de minutos.

