
«Te reto a una batalla musical», gesticuló Sprunki con sus manitas. El Señor Silencio levantó una ceja: «¿Una batalla? ¿Sin música? Eso no tiene sentido». Pero Tunner empezó a golpear el suelo con sus pies, suavecito al principio, y el ritmo hizo temblar un poquito la botella. El Señor Silencio, sin darse cuenta, empezó a mover un pie al compás. «¡Ja! Yo no bailo», dijo cruzándose de brazos, pero su pie seguía moviéndose solo.
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