
Llevaba siete días lloviendo sin parar. El río del pueblo crecía cada hora, las calles eran ríos de barro, y los animales buscaban refugio en las casas. El abuelo Rodrigo miraba el cielo con preocupación: «La Madre Monte está furiosa. Los leñadores cortaron las ceibas sagradas de la montaña. Sin esas raíces, nada detiene el agua». Tomás sabía que tenía que hacer algo.
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