Bartolo y el Enigma del Gallo Pelón
Bartolo es un gallo presumido que pierde sus plumas debido a un viento mágico. Para ocultar su vergüenza, utiliza un juego de palabras repetitivo mientras descubre que sus amigos lo aprecian por su personalidad y no por su apariencia.
En la luminosa Granja de los Susurros, donde el sol se levanta con un bostezo de oro y las flores bailan al ritmo de la brisa, vivía un gallo llamado Bartolo. Bartolo no era un gallo cualquiera; era el orgulloso poseedor de un plumaje tan vibrante que parecía robado de un arcoíris. Sus plumas verdes brillaban como esmeraldas, sus rojas eran más intensas que una puesta de sol y su cola tenía un azul tan profundo como el océano. Cada mañana, Bartolo se subía a la valla más alta y cantaba con tal elegancia que hasta las nubes se detenían a escuchar. Sin embargo, una noche de luna llena, ocurrió algo inaudito. Un viento travieso y juguetón, que venía desde las montañas del olvido, decidió gastar una broma en la granja. Sopló con suavidad, pero con una magia antigua, y se llevó consigo, una a una, todas las plumas de Bartolo mientras este dormía profundamente. Al despertar con el primer rayo de sol, Bartolo sintió un frío inusual en sus alas. Se estiró, se preparó para su gran concierto matutino y, al mirarse en el reflejo de un cubo de agua, soltó un grito que despertó a todos los animales: —¡Cáscaras de huevo! ¡Estoy pelón! Bartolo estaba completamente calvo. Su piel rosada se veía extraña bajo la luz del día. Avergonzado, intentó esconderse tras un fardo de heno. Pronto, la vaca Margarita, que siempre era la primera en desayunar, se acercó con curiosidad. —Pero Bartolo, ¿qué te ha pasado? —preguntó Margarita masticando una brizna de hierba. Bartolo, recordando un viejo juego que su abuelo le enseñó para salir de apuros, la miró fijamente y dijo: —¿Quieres que te cuente el cuento del gallo pelón? Margarita, extrañada, respondió: —¡Claro que sí, Bartolo! Cuéntamelo. Bartolo sonrió con picardía y contestó: —Yo no te dije que sí, yo te pregunté que si quieres que te cuente el cuento del gallo pelón. La vaca parpadeó confundida. —Bueno, pues... ¡cuéntamelo! —Yo no te dije que me dijeras 'cuéntamelo' —replicó el gallo—, yo te pregunté que si quieres que te cuente el cuento del gallo pelón. Margarita, dándose cuenta de que Bartolo estaba jugando, soltó una carcajada que hizo vibrar sus manchas negras. Bartolo se sintió un poco mejor, pero aún le faltaban sus plumas. Decidió emprender una caminata por la granja para ver si alguien las había visto. En el camino se encontró con el conejo Orejitas, que saltaba entre las zanahorias. —¡Caramba, Bartolo! Te ves muy... aerodinámico hoy —dijo Orejitas aguantando la risa. —¿Quieres que te cuente el cuento del gallo pelón? —preguntó Bartolo con dignidad. —No, gracias —respondió el conejo, creyéndose muy listo. —Yo no te dije 'no gracias' —respondió Bartolo rápidamente—, yo te pregunté que si quieres que te cuente el cuento del gallo pelón. Orejitas se rascó una oreja. —Está bien, cuéntalo. —Yo no te dije 'está bien, cuéntalo', yo te pregunté que si quieres que te cuente el cuento del gallo pelón. Y así, Bartolo fue recorriendo cada rincón de la Granja de los Susurros. Pasó por el estanque de los patos, por el corral de las ovejas y hasta por el establo del viejo caballo Perico. A todos los que le preguntaban por su aspecto, él les respondía con la misma adivinanza eterna. El juego se volvió tan popular que, a media tarde, todos los animales de la granja estaban repitiendo la frase: '¿Quieres que te cuente el cuento del gallo pelón?'. La risa y el juego hicieron que Bartolo olvidara su vergüenza. Se dio cuenta de que, aunque no tuviera sus plumas brillantes, seguía siendo el mismo gallo valiente y divertido de siempre. Sus amigos no lo querían por sus colores, sino por su ingenio y su gran corazón. Sin embargo, el misterio de las plumas seguía sin resolverse. Fue entonces cuando el búho Sabio, que dormitaba en el gran roble, abrió un ojo y llamó a Bartolo. —Pequeño amigo, el viento travieso no robó tus plumas para siempre. Las dejó en el jardín de las nubes, justo detrás del granero. Pero solo volverán a ti si demuestras que no las necesitas para ser feliz. Bartolo miró al búho y, con una gran sonrisa, le preguntó: —Señor Búho, ¿quiere que le cuente el cuento del gallo pelón? El búho rió con un sonido profundo. En ese instante, una ráfaga de viento cálido sopló desde el granero, trayendo consigo todas las plumas de Bartolo. Una a una, se pegaron de nuevo a su piel, devolviéndole su aspecto majestuoso. Pero Bartolo ya no era el mismo gallo presumido de antes. Ahora sabía que la belleza exterior es solo un adorno, y que lo que realmente importa es el cuento que llevamos dentro, ese que nunca termina de contarse. Esa noche, Bartolo no durmió preocupado por su plumaje. Se durmió pensando en nuevos juegos para sus amigos. Y si alguna vez te encuentras con un gallo que parece tener ganas de hablar, ten cuidado, porque podría preguntarte: '¿Quieres que te cuente el cuento del gallo pelón?'. Y ya sabes que, digas lo que digas, la historia nunca acabará.
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