Celeste y el Secreto de los Nubarrones de Algodón
Celeste descubre una escalera secreta hacia un reino mágico en las nubes llamado Celéstia. Allí, debe usar su imaginación para salvar los colores del mundo que están desapareciendo debido a la falta de sueños.

Había una vez una niña llamada Celeste que no era como los demás niños de su pueblo. Mientras otros jugaban a la pelota o corrían por el parque, Celeste pasaba horas mirando hacia arriba, convencida de que el cielo escondía pasadizos secretos. Tenía los ojos del color de la lluvia antes de caer y el cabello tan blanco como una nube de verano. Un martes por la tarde, mientras perseguía una mariposa de alas plateadas que parecía brillar con luz propia, Celeste tropezó con una raíz de roble y cayó suavemente sobre un montón de hojas secas. Pero no se sintió como el suelo duro; se sintió como si hubiera caído sobre un colchón de plumas invisibles. Al abrir los ojos, la mariposa ya no estaba, pero en su lugar flotaba una escalera hecha de rayos de sol entrelazados que subía hasta perderse entre las nubes. Sin dudarlo un segundo, Celeste comenzó a subir. A cada paso que daba, el aire se volvía más dulce, oliendo a jazmines y a azúcar quemada. Cuando finalmente llegó al último peldaño, se encontró frente a una puerta de cristal azul que se abrió con un suave suspiro. Al cruzarla, el mundo de abajo desapareció. Se encontraba en el Reino de Celéstia, un lugar donde el suelo eran nubes compactas de colores pastel y los árboles tenían hojas de terciopelo que cantaban canciones de cuna cuando soplaba el viento. En este mundo mágico, los ríos no eran de agua, sino de luz líquida que cambiaba de color según el estado de ánimo de quien la miraba. Celeste caminó maravillada, sintiendo cómo sus zapatos rebotaban suavemente en el suelo esponjoso. De repente, un pequeño ser con orejas de conejo y alas de libélula apareció frente a ella. Se llamaba Pipo y era el Guardián de los Colores. Pipo parecía muy preocupado, moviendo sus alitas con rapidez nerviosa. ¡Oh, menos mal que has llegado!, exclamó Pipo con una voz que sonaba a campanillas. El Gran Arcoíris ha perdido su brillo porque alguien ha olvidado soñar en el mundo de abajo, y sin sueños, los colores de Celéstia se están desvaneciendo. Celeste miró a su alrededor y notó que, efectivamente, los árboles de terciopelo empezaban a volverse grises y el río de luz se tornaba de un tono plomizo. Comprendió que su misión era devolver la magia al reino usando la fuerza de su propia imaginación. Pipo la llevó hasta el Templo de la Fantasía, una estructura impresionante hecha de burbujas gigantes que nunca explotaban. En el centro del templo había un caldero de cristal vacío. Debes llenarlo con recuerdos felices y sueños imposibles, explicó el guardián. Celeste cerró los ojos y comenzó a pensar con todas sus fuerzas. Recordó el olor de las galletas de canela de su abuela, el calor del sol en su cara durante las vacaciones y la risa de sus amigos. Visualizó ciudades construidas sobre el lomo de ballenas voladoras y bosques donde los ciervos hablaban siete idiomas. A medida que imaginaba, de sus manos brotaban chispas de colores que caían dentro del caldero. El caldero empezó a burbujear y una columna de luz multicolor salió disparada hacia el cielo de Celéstia. Los colores regresaron con más fuerza que nunca: el rosa de las nubes era más intenso, el verde de los árboles vibraba de alegría y el río de luz brilló con una intensidad dorada. Pipo bailó de felicidad en el aire. ¡Lo has logrado, Celeste! Has recordado al mundo que la magia no es algo que se encuentra, sino algo que se crea. Como agradecimiento, Pipo le entregó un pequeño colgante en forma de estrella que contenía una pizca de polvo de nube. Esto te permitirá regresar siempre que sientas que el mundo de abajo se vuelve demasiado gris, le susurró al oído. Celeste se despidió de sus nuevos amigos y bajó por la escalera de sol, que ahora brillaba con tonos anaranjados por el atardecer. Al llegar al suelo del bosque, la escalera se desvaneció, pero el colgante en su cuello seguía allí, tibio y brillante. Regresó a su casa justo a tiempo para la cena. Sus padres le preguntaron por qué tenía esa sonrisa tan radiante y por qué su cabello parecía tener pequeños destellos plateados. Ella solo respondió que había estado explorando el mundo, un mundo que estaba mucho más cerca de lo que todos creían. Desde aquel día, Celeste nunca volvió a sentirse sola, pues sabía que con solo cerrar los ojos y dejar volar su imaginación, las nubes se abrirían para mostrarle el camino de vuelta a su hogar mágico.
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