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Gratis · elegí una vozLa noche en que decidimos escapar juntos, lo vi por última vez. Un grupo de cazadores lo había encontrado. Lo sujetaban con cadenas de plata, su piel se quemaba con cada eslabón. Corrí hacia él, pero una fuerza invisible me lanzó al suelo.
—¡Vete! —gritó Gabriel, sus ojos rojos de dolor, pero también de amor.
Lo vi arder ante mis ojos. Su piel carbonizándose, sus gritos perforando la noche. Quise cerrar los ojos, pero una fuerza oscura me obligó a mirar. Y cuando el fuego se apagó… ya no quedaba nada.
Desde entonces, cada noche me paro en el mismo bosque, esperando escuchar su voz en el viento. Y a veces, cuando la luna está alta, siento un frío inexplicable y un susurro en mi oído:
—Siempre estaré contigo…
Pero no sé si es amor… o la promesa de que vendrá por mí. Porque cada noche el susurro está más cerca. Y cada vez que me miro en el espejo, mi reflejo se vuelve más borroso. Como si poco a poco… estuviera desapareciendo.
Mi nombre es Luna, y Gabriel era… bueno, Gabriel era mi mejor amigo. Éramos diferentes. Yo, una niña humana, curiosa y aventurera. Él, un espíritu del bosque, travieso y protector. Nos conocimos cuando yo tenía seis años, perdida en el bosque después de seguir a una mariposa azul brillante. Gabriel me guio de vuelta a casa, y desde entonces, el bosque se convirtió en nuestro lugar secreto.
Solíamos jugar entre los árboles centenarios, él convirtiéndose en ardilla, en búho, en el mismo viento, mientras yo inventaba historias sobre caballeros y dragones. Él me contaba secretos del bosque, el lenguaje de las hojas, las canciones de los ríos. Éramos inseparables. Hasta que llegaron los cazadores.
Al principio, solo eran rumores. Historias de hombres armados que buscaban "criaturas mágicas" en el bosque. Gabriel me dijo que no me preocupara, que el bosque nos protegería. Pero una noche, mientras jugábamos a las escondidas cerca del arroyo, los vimos. Un grupo de hombres con caras duras y ojos fríos. Tenían redes y armas extrañas, brillantes a la luz de la luna.
Gabriel me empujó detrás de un árbol, susurrando que corriera. Pero antes de que pudiera moverme, lo atraparon. Las cadenas de plata brillaban siniestramente, quemando su piel. Supe, en ese instante, que algo terrible iba a suceder.
Ahora, cada noche, vuelvo al mismo lugar. Me siento bajo el árbol donde jugábamos a las escondidas, esperando. El bosque está más silencioso, más oscuro. Los animales se esconden, las hojas no cantan. Siento la ausencia de Gabriel como un hueco en mi corazón.
Una noche, especialmente fría, la luna brillaba con una intensidad inusual. Cerré los ojos, deseando con todas mis fuerzas escuchar su voz. Y entonces, lo sentí. Un escalofrío que recorrió mi espalda, un susurro suave en mi oído:
—Luna…
Abrí los ojos de golpe, mirando a mi alrededor. No había nadie. Solo los árboles, la luna, y yo. Pero el susurro… era inconfundible. Era Gabriel.
Desde entonces, los susurros se han vuelto más frecuentes. Cada noche, lo escucho más cerca. Me cuenta historias del bosque, me habla de su dolor, me dice que me ama. Pero también siento algo más. Una urgencia, una necesidad. Siento que me está llamando.
Últimamente, mi reflejo en el espejo se ha vuelto borroso. Como si me estuviera desvaneciendo. Mi madre dice que estoy pálida, que necesito descansar. Pero yo sé la verdad. Gabriel me está llamando, y poco a poco, me estoy convirtiendo en parte del bosque, como él.
Una noche, mientras me miraba en el espejo, mi reflejo desapareció por completo. Solo veía el bosque detrás de mí, oscuro y profundo. El susurro en mi oído era más fuerte que nunca:
—Ven conmigo, Luna. Siempre estaremos juntos.
Cerré los ojos, y sentí una mano fría tomar la mía. Una mano hecha de viento y hojas, de tierra y estrellas. Abrí los ojos, y vi a Gabriel. No era el espíritu del bosque que recordaba. Era algo diferente. Algo más poderoso. Algo más… oscuro.
Me sonrió, y supe que no era amor lo que sentía. Era posesión. Era la promesa de que nunca me dejaría ir. Y mientras me adentraba en el bosque con él, supe que había cometido un error. Había deseado tanto reunirme con mi amigo, que no me di cuenta de que lo había perdido para siempre. Ahora, era parte del bosque, para siempre. Y Gabriel… siempre estaría conmigo.
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