El Monstruo Comilón y la Aldea Sonriente
Glotón, un monstruo comilón, llega a la aldea Sonrisita y roba la alegría de sus habitantes. Lila, una niña valiente, junto con el panadero y la florista, descubren que Glotón solo necesita probar cosas nuevas y diferentes, convirtiéndolo en un miembro más de la comunidad.

En un valle verde y lleno de flores de colores, existía una aldea llamada Sonrisita. Los habitantes de Sonrisita eran conocidos por su alegría, sus canciones pegadizas y sus deliciosos pasteles de fresa. Pero un día, la tranquilidad de Sonrisita se vio amenazada por un monstruo… ¡un monstruo muy, muy comilón! Este monstruo no era como los monstruos de los cuentos de miedo. No tenía garras afiladas ni rugía como un león. En realidad, era bastante regordete y peludo, con un gran hocico rosado y unos ojos pequeños y redondos que parecían dos canicas. Se llamaba Glotón, y Glotón no comía personas… ¡comía cosas que hacían feliz a la gente! Comía la música de los violines, el aroma de las flores y, lo peor de todo, ¡las sonrisas de los niños! Un día, Glotón llegó a Sonrisita con un gran rugido… bueno, más bien un eructo estruendoso. Los aldeanos, al principio, se asustaron mucho. Pero Glotón, en lugar de atacar, simplemente abrió su enorme boca y aspiró. ¡Fiuuuuu! De repente, la música de los pájaros dejó de oírse. ¡Fiuuuuu! Las flores perdieron su color y se volvieron grises. ¡Fiuuuuu! Y lo más triste de todo, las sonrisas de los niños comenzaron a desvanecerse. Los aldeanos estaban desesperados. ¿Qué podían hacer? Glotón parecía invencible. El alcalde, un hombre bajito y con un bigote enorme, convocó una reunión urgente en la plaza del pueblo. "¡Tenemos que hacer algo!", exclamó el alcalde, con la voz temblorosa. "¡Glotón está robando nuestra alegría!" Una niña llamada Lila, que era muy valiente y curiosa, levantó la mano. "Alcalde", dijo Lila, "quizás Glotón no es malvado. Quizás solo tiene hambre… ¡de algo diferente!" La idea de Lila pareció un poco descabellada, pero no tenían nada que perder. Así que decidieron seguir su plan. Lila, junto con el panadero del pueblo, Don Horacio, y la florista, Doña Margarita, se prepararon para enfrentarse a Glotón. Don Horacio horneó un pastel gigante, no de fresa, sino de… ¡verduras! Zanahorias, brócoli, coliflor… ¡un pastel de verduras enorme y apestoso! Doña Margarita, por su parte, tejió una corona de flores… ¡de ortigas! Sí, ortigas, esas plantas que pican. Lila, con el pastel de verduras y la corona de ortigas, se acercó a Glotón con valentía. Glotón estaba sentado en medio de la plaza, con la boca abierta y los ojos tristes. "¡Hola, Glotón!", dijo Lila con voz firme. "Te hemos traído un regalo." Glotón miró el pastel de verduras con desconfianza. Nunca había visto algo así. Olía… diferente. Pero tenía tanta hambre que no pudo resistirse. Abrió su enorme boca y… ¡Ñam! Engulló el pastel de verduras de un solo bocado. Al principio, Glotón puso una cara rara. Parecía que no le gustaba nada. Pero luego… una sonrisa tímida apareció en su rostro. Nunca había probado algo tan… interesante. Era diferente a todo lo que había comido antes. Luego, Lila le ofreció la corona de ortigas. Glotón, al principio, se negó. No quería que le picaran. Pero Lila insistió. "Pruébalo, Glotón. Es… diferente." Glotón, con mucho cuidado, tocó una de las ortigas. ¡Auch! Sintió un pequeño pinchazo. Pero luego… ¡empezó a reír! La sensación era extraña, pero divertida. Se colocó la corona de ortigas en la cabeza y empezó a bailar torpemente por la plaza. De repente, la música de los pájaros volvió a oírse. Las flores recuperaron su color. Y lo más importante, las sonrisas de los niños volvieron a brillar. Glotón ya no aspiraba la alegría de Sonrisita. ¡Estaba disfrutando de ella! Lila, Don Horacio y Doña Margarita descubrieron que Glotón no era malvado, solo tenía un paladar… peculiar. Necesitaba probar cosas nuevas y diferentes para sentirse feliz. A partir de ese día, Glotón se convirtió en parte de la aldea Sonrisita. Ayudaba a Don Horacio a hornear pasteles de verduras, a Doña Margarita a cuidar las flores (incluso las ortigas), y jugaba con los niños, haciendo caras raras y bailando torpemente. Y aunque seguía siendo un monstruo comilón, ya no comía la alegría de la gente, sino que la compartía con todos. Y así, la aldea Sonrisita volvió a ser un lugar feliz y lleno de color, gracias a una niña valiente, un panadero ingenioso, una florista creativa y un monstruo… ¡con un gusto muy especial! Glotón aprendió que la felicidad no se encuentra en comerse las cosas buenas de los demás, sino en compartir y disfrutar de la diversidad del mundo. Y los habitantes de Sonrisita aprendieron que incluso los monstruos más comilones pueden cambiar si se les da una oportunidad… y un pastel de verduras.
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