La Pantalla Embrujada
Sofía y Mateo, dos hermanos curiosos, desobedecen a sus padres y encienden una computadora vieja en el ático durante una noche de tormenta. La computadora, llamada Doña Compu, los lleva a juegos aterradores, pero cuando intentan apagarla, se resiste. Después de una noche de miedo, aprenden una lección sobre la importancia de obedecer y los peligros ocultos en la tecnología.
Había una vez, en un pueblito tranquilo llamado Villa Aburrida, una computadora vieja y polvorienta que vivía en el ático de la casa de la familia Pérez. La computadora, a la que llamaban cariñosamente (aunque con un poco de miedo) "Doña Compu", era un modelo antiguo, con una pantalla verde parpadeante y un teclado que hacía un ruido espantoso al teclear. Los niños Pérez, Sofía de 8 años y Mateo de 6, le tenían un poco de respeto, pero también mucha curiosidad. Sus padres les habían prohibido usarla, diciendo que era demasiado vieja y que seguro se rompería. Una noche de tormenta, cuando los truenos retumbaban y la lluvia golpeaba las ventanas, Sofía y Mateo no podían dormir. La luz se había ido, dejando la casa a oscuras, iluminada solo por los relámpagos. "¿Y si subimos al ático a ver a Doña Compu?" susurró Mateo, con los ojos brillantes de aventura. Sofía, aunque un poco asustada, asintió. Subieron las escaleras en puntillas, con el corazón latiéndoles a mil por hora. Al llegar al ático, la encontraron cubierta de sábanas blancas, como un fantasma esperando ser despertado. Mateo, sin dudarlo, tiró de la sábana. ¡Allí estaba! Doña Compu, con su pantalla verde brillando tenuemente, como un ojo que los observaba. Sofía, más cautelosa, se acercó y pulsó el botón de encendido. Con un gemido y un parpadeo, la computadora cobró vida. En la pantalla apareció un texto parpadeante: "¿Quién se atreve a despertarme?". Los niños se miraron, asustados. ¿La computadora estaba hablando? Mateo, valiente, tecleó: "Somos Sofía y Mateo. Solo teníamos curiosidad." La pantalla respondió: "Curiosidad... Hmm... Puedo mostrarles cosas que jamás han imaginado. Juegos increíbles, mundos fantásticos...". Los niños, tentados por la promesa, aceptaron la oferta. Doña Compu los llevó a través de laberintos digitales, selvas pixeladas y castillos construidos con unos y ceros. Jugaron durante horas, riendo y gritando de emoción. Pero a medida que la noche avanzaba, las cosas empezaron a ponerse raras. Los juegos se volvían más oscuros, los personajes más siniestros. En uno de los juegos, un bosque se volvía cada vez más tenebroso, con árboles que parecían garras y sombras que se movían solas. En otro, un payaso de aspecto malvado los perseguía a través de un circo abandonado. Sofía empezó a sentir miedo de verdad. "Mateo, creo que deberíamos parar," dijo, con la voz temblorosa. Pero Mateo estaba hipnotizado, con los ojos fijos en la pantalla. De repente, la pantalla de Doña Compu empezó a parpadear violentamente. El texto se distorsionó, convirtiéndose en garabatos incomprensibles. Un sonido chirriante y agudo llenó el ático. Los niños se taparon los oídos. "¡Debemos apagarla!" gritó Sofía. Trató de alcanzar el botón de apagado, pero la computadora parecía resistirse. El teclado empezó a vibrar, lanzando chispas. Mateo, finalmente despertando de su trance, ayudó a Sofía. Juntos, con todas sus fuerzas, presionaron el botón de apagado. Con un último gemido, la pantalla se oscureció. El silencio volvió a reinar en el ático, interrumpido solo por sus respiraciones agitadas. Corrieron escaleras abajo, temblando de miedo. Se metieron en sus camas y se abrazaron fuertemente hasta que el sueño, por fin, los venció. A la mañana siguiente, la luz del sol entraba por las ventanas. La tormenta había pasado. Bajaron a desayunar, sintiéndose aliviados de que todo hubiera sido una pesadilla. Pero al subir de nuevo al ático, encontraron a Doña Compu tal como la habían dejado, cubierta de polvo y silenciosa. Sin embargo, en la pantalla, grabada con una letra verde parpadeante, podía leerse una última frase: "Volveremos a jugar pronto..." Sofía y Mateo se miraron, con un escalofrío recorriéndoles la espalda. Nunca más volvieron a acercarse a la computadora embrujada. Desde entonces, prefirieron jugar a las cartas y a las damas, lejos de las pantallas y los fantasmas digitales. Aprendieron que a veces, la mejor aventura es la que no se busca en una computadora vieja en un ático oscuro. Y colorín colorado, este cuento de la computadora embrujada se ha acabado. ¡Pero ten cuidado! Quizás, en la pantalla de tu ordenador, se esconda otra historia esperando ser descubierta...
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