León y el Monstruo de las Cosquillas
A León le encantan los cuentos de monstruos. Una noche, su abuela le cuenta la historia del Monstruo de las Cosquillas, un ser que ataca con plumas mágicas. León se enfrenta al monstruo y descubre que la risa es el arma más poderosa.
A León le gustaban los cuentos de magia, miedo, fantasía y monstruos. No le asustaban las brujas con verrugas en la nariz ni los vampiros sedientos de… jugo de tomate. ¡Nada! Le encantaba que le contaran historias de dragones escupe-fuego y de fantasmas que hacían "¡Bú!" Una noche, su abuela Elena, una contadora de historias profesional, se sentó al borde de su cama. "¿Listo para un cuento, mi pequeño León?", preguntó con una sonrisa traviesa. León asintió con entusiasmo. "¡Uno de monstruos, abuela! ¡Que dé mucho miedo!" La abuela Elena se aclaró la garganta y comenzó: "En lo profundo del Bosque Susurrante, donde los árboles son altos y las sombras bailan, vive un monstruo… ¡el Monstruo de las Cosquillas!" León se acurrucó bajo las sábanas, con los ojos muy abiertos. "¿El Monstruo de las Cosquillas? ¿Da miedo?" "¡Oh, sí!", dijo la abuela Elena, con una voz misteriosa. "Este monstruo no te muerde ni te gruñe. ¡Te hace cosquillas! ¡Hasta que te caes al suelo de la risa!" León frunció el ceño. "Eso no suena tan aterrador." "Ah, pero espera", continuó la abuela. "El Monstruo de las Cosquillas tiene un arma secreta: ¡plumas mágicas! Estas plumas pueden hacerte cosquillas incluso donde no creías que podías tenerlas." De repente, León sintió una cosquilla en la nariz. ¡Achís! Estornudó. "¡Cuidado!", advirtió la abuela. "Dicen que el Monstruo de las Cosquillas ataca a los niños que no se lavan los dientes antes de dormir." León se tocó los dientes con la lengua. ¡Uy! Se le había olvidado lavárselos. Sintió un poco de miedo, pero también mucha curiosidad. "¿Y cómo es el Monstruo de las Cosquillas?", preguntó. "Dicen que tiene el cuerpo cubierto de plumas de colores, ojos saltones y una risa contagiosa", respondió la abuela Elena. "Pero nadie lo ha visto realmente de cerca y ha vivido para contarlo… ¡porque se mueren de risa!" León se imaginó al monstruo. No parecía tan terrible. De hecho, sonaba un poco divertido. "¿Y qué pasa si te encuentras con el Monstruo de las Cosquillas?", preguntó. "Dicen que la única forma de escapar es… ¡hacerle cosquillas a él!", dijo la abuela con una sonrisa. "Pero ten cuidado, porque es muy sensible en los pies." León se echó a reír. ¡Hacerle cosquillas a un monstruo! Era una idea ridícula, pero también muy atractiva. De repente, la luz de la habitación parpadeó. Un viento frío sopló por la ventana, y León sintió una pequeña cosquilla en el pie. "¡Abuela!", susurró, agarrándose a la mano de su abuela. La abuela Elena sonrió. "Parece que tenemos una visita." Una sombra se movió en la esquina de la habitación. De la sombra, emergió una figura peluda y colorida. Tenía ojos saltones y una sonrisa enorme. ¡Era el Monstruo de las Cosquillas! León gritó… ¡de emoción! El monstruo se acercó a él, moviendo sus largas plumas. León sintió cosquillas en la barriga, en las rodillas, ¡en las orejas! "¡Ja, ja, ja!", se reía León, revolcándose en la cama. "¡Para, para, por favor!" Pero el Monstruo de las Cosquillas no paraba. Sus plumas eran imparables. León recordó lo que le había dicho su abuela. ¡Tenía que hacerle cosquillas al monstruo! Con un rápido movimiento, León se lanzó hacia el monstruo y le hizo cosquillas en los pies. El Monstruo de las Cosquillas se retorció de risa. "¡Ji, ji, ji! ¡Basta, basta! ¡Mis pies! ¡Son muy cosquillosos!" León no paró. Le hizo cosquillas con todas sus fuerzas. El Monstruo de las Cosquillas comenzó a desvanecerse, su risa convirtiéndose en un suave murmullo. Finalmente, el monstruo desapareció por completo, dejando tras de sí una sola pluma de color arcoíris. León se sentó en la cama, jadeando y riendo. Su abuela Elena le sonrió. "¡Lo hiciste, León! ¡Venciste al Monstruo de las Cosquillas!" León abrazó a su abuela. "¡Fue el cuento más divertido del mundo!" Esa noche, León se lavó los dientes con mucho cuidado y se durmió soñando con monstruos cosquillosos y plumas mágicas. Y supo que, incluso los monstruos más aterradores, podían ser vencidos con una buena dosis de risa. Al día siguiente, León encontró la pluma de color arcoíris debajo de su almohada. La guardó en una caja especial, para recordar siempre la noche en que conoció al Monstruo de las Cosquillas. Y, por si acaso, siempre se lavaba los dientes antes de dormir.
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