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Había una vez una niña llamada Mariangel, cuya piel era del color de la canela y cuyos ojos brillaban con la curiosidad de mil luciérnagas. Mariangel vivía en una casita acogedora, rodeada de árboles tan altos que parecían querer hacerle cosquillas a las nubes, y flores de colores vibrantes que bailaban alegremente cada vez que el viento soplaba. En esa casa, el aire siempre olía a chocolate caliente y a cuentos por contar.
Mariangel tenía una risa mágica, una risa que sonaba como campanitas de cristal chocando suavemente entre sí. Cuando ella reía, hasta los pájaros se callaban para escucharla. Sin embargo, a pesar de tanta belleza, a veces una pequeña sombra de tristeza cruzaba su rostro. Eso sucedía porque extrañaba mucho a su papá. A veces sentía que el espacio entre ellos era tan grande como el océano, y se preguntaba si el amor podía viajar distancias tan largas.
Cada noche, sin falta, Mariangel cumplía con un ritual sagrado. Se ponía su pijama de estrellas, se cepillaba los dientes y corría hacia la ventana de su habitación. Apartaba las cortinas de encaje y miraba hacia el inmenso manto oscuro del cielo nocturno. Entre los miles de puntos de luz, había una estrella en particular que siempre captaba su atención. Era una estrella que no solo parpadeaba, sino que parecía latir con un ritmo propio, brillando con una intensidad dorada y pura.
—Esa es mi estrella favorita —susurraba Mariangel contra el cristal frío—. Es como si me guiñara el ojo, como si supiera exactamente lo que estoy pensando.
Lo que Mariangel no sabía, y que estaba a punto de descubrir, es que esa estrella no era un cuerpo celeste común y corriente. Era una estrella mágica, una conexión tejida con hilos de luz y promesas: era la Estrella Papá. Esta estrella tenía una misión muy especial que cumplir cada vez que el sol se ocultaba tras las montañas.
Cada noche, cuando Mariangel finalmente se arropaba y cerraba sus pesados párpados, la estrella comenzaba a descender. No caía como un meteorito, sino que se deslizaba suavemente, transformándose en una luz tenue y cálida que entraba por la rendija de la ventana. La luz se posaba con delicadeza sobre su almohada, envolviéndola en un abrazo de calor invisible pero reconfortante. En ese estado de paz, la estrella comenzaba a susurrarle cuentos al oído, historias que no se escuchan con las orejas, sino con el corazón.
—Hola, mi Mariangelita —decía la voz de la estrella, que sonaba igual que la voz de su papá—. Hoy no es una noche cualquiera. Hoy viajaremos en nuestros sueños a un lugar donde las leyes de la gravedad no existen. Soñaremos con adorables capibaras de pelaje suave que usan sombreritos de fiesta y comen helados que nunca se derriten. Caminaremos por castillos de algodón de azúcar que flotan entre nubes de color violeta, y saltaremos de una torre a otra sin miedo a caer.
En sus sueños, Mariangel se veía corriendo por praderas de cristal líquido junto a su papá. Él la tomaba de la mano y juntos exploraban selvas donde los árboles daban caramelos en lugar de frutas. Ella sonreía mientras dormía, porque en ese mundo mágico, su papá siempre estaba presente, cargándola sobre sus hombros para que ella pudiera tocar la luna. El amor de su padre se convertía en un puente de luz que borraba cualquier distancia.
Un día, mientras desayunaba pan con miel, Mariangel miró a su mamá y le hizo la pregunta que había estado guardando en su pecho:
—Mamá, ¿por qué esa estrella brilla tanto más que las otras? ¿Por qué parece que me cuida?
Su mamá dejó la taza de té, se acercó a ella y le acarició el cabello con ternura. Con una sonrisa llena de sabiduría, respondió:
—Verás, mi pequeña, hay amores que son tan grandes que no caben en una casa, ni en una ciudad, ni siquiera en un país entero. Hay alguien que te ama con tanta fuerza que su amor ha tenido que viajar por todo el firmamento, convirtiéndose en luz para poder encontrarte. Esa estrella es el abrazo de papá que llega desde lejos para envolverte cada noche.
Al escuchar esto, el corazón de Mariangel se llenó de una calidez nueva. Entendió que el amor no depende de ver a alguien todos los días, sino de sentir su presencia en las cosas más bellas. Desde ese momento, la soledad se desvaneció. Ya no importaba que hubiera kilómetros de por medio; ella sabía que contaba con un guardián luminoso que nunca la dejaría sola.
Mariangel comenzó a prestar más atención a los pequeños detalles. Cuando veía un capibara en un libro, pensaba en sus sueños. Cuando comía un helado, sentía que compartía un bocado con su papá. La distancia ya no era un muro, sino un camino que su imaginación recorría con facilidad.
Cada noche, antes de cerrar los ojos para encontrarse con su guía estelar, Mariangel miraba al cielo con una seguridad radiante. Ya no miraba con nostalgia, sino con alegría. Se despedía del día con un mensaje claro que lanzaba al universo:
—Buenas noches, Estrella de Papá. Gracias por venir a buscarme. Te quiero hasta el cielo, pasando por los castillos flotantes y los capibaras, y mucho, mucho más allá.
Y allá arriba, en la inmensidad del espacio, la estrella siempre respondía. Brillaba un poquito más fuerte, lanzando un destello juguetón que iluminaba la habitación de la niña, confirmando que el amor es la única magia capaz de cruzar cualquier frontera y de convertir una simple estrella en el refugio más seguro del mundo.
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