"¡Pero Mamá, Los Monstruos No Van a la Escuela!"
Mateo no quiere ir al colegio y decide disfrazarse de monstruo para evitarlo. Su madre le cuenta sobre un monstruo llamado Monstruito que sí va al colegio y es muy inteligente. Mateo conoce a Monstruito en la escuela, se hacen amigos y Mateo supera su miedo al colegio.

A Mateo no le gustaba el colegio. ¡Nada! Cada mañana, al sonar el despertador, un nudo enorme se le formaba en el estómago. "¡No quiero ir!", gritaba, escondiéndose bajo las sábanas. Su mamá, con paciencia infinita, siempre le decía lo mismo: "Mateo, el colegio es divertido. Aprenderás cosas nuevas y jugarás con tus amigos". Pero Mateo no la escuchaba. En su cabeza, el colegio era un lugar lleno de aburrimiento y tareas difíciles. Una mañana, Mateo se despertó con una idea brillante. "¡Ya sé!", pensó. "Si me convierto en un monstruo, no tendré que ir al colegio. ¡Los monstruos no van a la escuela!". Así que, con la ayuda de su hermano mayor, Lucas, Mateo se disfrazó. Lucas le pintó la cara de verde con rayas moradas, le puso dos cuernos hechos de cartón y le cosió una cola peluda a sus pantalones. ¡Parecía un monstruo de verdad! "¡Listo!", exclamó Lucas. "Ahora eres el monstruo Mateo. ¡A ver qué pasa!". Mateo bajó a la cocina, caminando como un monstruo, dando grandes zancadas y gruñendo. Su mamá, que estaba preparando el desayuno, se dio la vuelta y lo miró sorprendida. "¡Pero Mateo! ¿Qué es esto?", preguntó, con una sonrisa en los labios. "¡Soy el monstruo Mateo!", respondió el niño, con voz grave. "¡Y los monstruos no van al colegio!". La mamá de Mateo se agachó a su altura y le dijo: "¿En serio? ¿Estás seguro de que los monstruos no van al colegio?". Mateo asintió con la cabeza. "¡Sí! Los monstruos viven en cuevas oscuras y asustan a la gente. No tienen tiempo para aprender a leer y escribir". La mamá de Mateo sonrió. "Pues fíjate que yo conozco a un monstruo que sí va al colegio". Mateo abrió los ojos como platos. "¿Un monstruo que va al colegio? ¡Eso es imposible!". "No lo es", dijo su mamá. "Se llama Monstruito y es muy inteligente. Aprende rápido y le encanta dibujar. Es el mejor alumno de su clase". Mateo no podía creer lo que oía. "¿Y cómo es Monstruito?", preguntó, con curiosidad. "Pues Monstruito es pequeño y peludo, con un ojo grande y una sonrisa enorme", respondió su mamá. "Le gusta mucho leer cuentos y jugar al escondite. Y, aunque a veces le da un poco de miedo equivocarse, siempre intenta hacer lo mejor que puede". Mateo se quedó pensando. Tal vez, el colegio no era tan malo como él pensaba. Si un monstruo como Monstruito podía ir al colegio, quizás él también podría. "¿Puedo conocer a Monstruito?", preguntó Mateo, tímidamente. "¡Claro que sí!", respondió su mamá. "Monstruito va a tu colegio. Está en tu clase". Mateo se sorprendió aún más. "¿En serio? ¿Y por qué no lo he visto nunca?". "Porque Monstruito es un poco tímido", explicó su mamá. "Se esconde detrás de los libros y no habla mucho. Pero si te acercas a él y le sonríes, seguro que se anima a hablar contigo". Mateo, todavía disfrazado de monstruo, fue al colegio ese día. Al llegar a su clase, buscó a Monstruito con la mirada. Al principio, no vio nada. Pero luego, en la última fila, detrás de una pila de libros, vio a un niño pequeño y peludo, con un ojo grande y una sonrisa tímida. Era Monstruito. Mateo se acercó a él, sintiéndose un poco nervioso. "Hola", dijo Mateo, con voz suave. "Soy Mateo". Monstruito lo miró con sorpresa. "Hola", respondió, tímidamente. "Yo soy Monstruito". Mateo sonrió. "Mi mamá me ha contado cosas sobre ti", dijo. "Dice que eres muy inteligente y que te gusta dibujar". Monstruito se sonrojó. "Bueno, no soy tan inteligente", dijo. "Pero sí me gusta dibujar". Mateo y Monstruito empezaron a hablar. Descubrieron que tenían muchas cosas en común. Les gustaban los mismos cuentos, los mismos juegos y los mismos colores. Mateo se dio cuenta de que Monstruito era un niño muy especial, aunque un poco tímido. Y Monstruito se dio cuenta de que Mateo era un niño muy amable, aunque a veces un poco gruñón. Desde ese día, Mateo dejó de tener miedo al colegio. Iba contento, sabiendo que allí le esperaba su amigo Monstruito. Juntos aprendían cosas nuevas, jugaban y se divertían. Mateo entendió que el colegio no era un lugar aburrido y difícil, sino un lugar lleno de oportunidades para aprender, crecer y hacer amigos. Y, aunque a veces todavía se sentía un poco cansado por la mañana, ya no se escondía bajo las sábanas. Sabía que, aunque no fuera un monstruo de verdad, podía ser un monstruo de la amistad, como Monstruito. Y eso era mucho más divertido. Al final del día, Mateo se quitó su disfraz de monstruo. Su mamá lo abrazó y le dijo: "¿Ves, Mateo? Te dije que el colegio era divertido". Mateo sonrió. "Tenías razón, mamá", dijo. "El colegio es genial. ¡Y los monstruos también!".
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