¡Zorro Hambriento y el Campo Vacío!
Fito el zorro tiene mucha hambre, pero no encuentra ninguna liebre en su campo. Una ardilla le dice que al otro lado de la colina hay otro campo lleno de liebres, así que Fito va allí y finalmente consigue comer.
En un campo vasto y verde, donde las amapolas bailaban con el viento y los grillos cantaban melodías alegres, vivía un zorro llamado Fito. Fito era un zorro astuto, de pelaje rojizo y ojos brillantes como dos canicas de cristal. Normalmente, Fito era un zorro feliz, pero hoy, ¡ay, qué día tan triste!, su estómago rugía más fuerte que el trueno. Tenía un hambre atroz. El problema era que, por más que buscaba, no encontraba ni una sola liebre. ¡Ni una! Había revisado debajo de cada arbusto, detrás de cada piedra, incluso había olfateado cada madriguera. Nada. El campo parecía estar desierto de liebres. "¡Ay, mi pobre barriga!", se lamentaba Fito, llevándose una pata al estómago. "¿Dónde se habrán metido todas las liebres? ¡Parece que se han ido de vacaciones!". Fito caminó y caminó, con la esperanza de encontrar alguna liebre despistada. Pasó junto a un viejo roble, cuyas ramas se extendían como brazos protectores. Allí, normalmente, solían esconderse las liebres, pero hoy, el roble estaba vacío. Siguió caminando hasta llegar a un pequeño arroyo, donde los peces saltaban alegremente. "¡Quizás aquí encuentre algo!", pensó Fito, pero solo encontró ranas, y a Fito no le gustaban las ranas. De repente, vio a una liebre, ¡una sola liebre!, comiendo tranquilamente un trébol de cuatro hojas. ¡Por fin!, pensó Fito. Se agachó, escondiéndose detrás de un montículo de tierra, preparándose para saltar sobre su presa. Pero, ¡oh, sorpresa!, cuando Fito estaba a punto de abalanzarse, la liebre levantó la vista y lo vio. Con un movimiento rápido y ágil, la liebre saltó y desapareció entre la hierba alta. "¡No puede ser!", exclamó Fito, frustrado. "¡Se me ha escapado! ¡Otra vez!". Fito se sentó en el suelo, con la cabeza gacha. Estaba cansado, hambriento y desanimado. Parecía que no iba a comer nada ese día. Entonces, escuchó una vocecita que decía: "¿Estás bien, señor zorro?". Fito levantó la vista y vio a una pequeña ardilla, sentada en la rama de un árbol. La ardilla lo miraba con curiosidad. "No estoy bien, ardillita", respondió Fito, suspirando. "Tengo mucha hambre, pero no encuentro ninguna liebre para comer". La ardilla pensó por un momento y luego dijo: "Quizás deberías ir a otro campo. He oído que en el campo que está al otro lado de la colina, hay muchas liebres". Fito se animó al escuchar esto. "¿De verdad?", preguntó, con esperanza en la voz. "¡Sí!", respondió la ardilla. "Mi primo vive allí, y siempre me cuenta que hay liebres por todas partes". Fito le dio las gracias a la ardilla y se levantó de un salto. "¡Gracias, ardillita! ¡Eres muy amable!", dijo Fito, antes de echar a correr hacia la colina. Fito corrió y corrió, con la esperanza de encontrar un campo lleno de liebres. Subió la colina con dificultad, pero no se rindió. Finalmente, llegó a la cima y miró hacia el otro lado. ¡Y lo que vio lo dejó sin aliento! A lo lejos, se extendía un campo aún más grande y verde que el anterior. Y, para sorpresa y alegría de Fito, ¡estaba lleno de liebres! Había liebres comiendo hierba, liebres jugando, liebres saltando. ¡Había liebres por todas partes! Fito bajó la colina corriendo, con el corazón latiendo a mil por hora. Cuando llegó al campo, se escondió detrás de un arbusto y observó a las liebres con atención. Eligió a una liebre regordeta que estaba comiendo una zanahoria y, con un salto rápido y preciso, la atrapó. Fito se comió la liebre con gusto. ¡Qué rica estaba! Después, atrapó otra liebre, y otra más. Ese día, Fito comió hasta saciarse. Por fin, su estómago dejó de rugir y volvió a ser un zorro feliz. Después de comer, Fito se echó una siesta bajo la sombra de un árbol. Estaba tan contento que no podía dejar de sonreír. Había encontrado un campo lleno de comida, y ya no tenía que preocuparse por el hambre. A partir de ese día, Fito visitaba el campo al otro lado de la colina con frecuencia. Nunca más volvió a pasar hambre, y siempre recordaba con cariño a la pequeña ardilla que le había dado la información. Y aunque era un zorro, nunca olvidó la importancia de la amabilidad y la ayuda mutua. Porque, a veces, incluso los zorros necesitan un pequeño empujón de una ardilla amiga. Así que, si alguna vez te sientes desanimado o con hambre, recuerda la historia de Fito el zorro. ¡No te rindas! A veces, la solución está justo al otro lado de la colina.
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