
Valentina no creía en la magia. Tenía diez años, un cuaderno lleno de observaciones científicas y una opinión firme sobre todo. Cuando su clase visitó el Bosque Encantado, ella puso los ojos en blanco. «Los bosques no están encantados», escribió en su cuaderno. «Solo son árboles, tierra y bichos». Se alejó del grupo para anotar la especie de un hongo cuando escuchó una voz profunda y lenta: «Eso... es... un... hongo... muy... común... por... cierto».
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