
Durante semanas, Tortuguita subió la montaña para pedirle a Águila Elena que le enseñara a volar. Elena era el ave más magnífica del bosque: alas doradas, mirada filosa, y un orgullo que se veía desde kilómetros. Cada día le decía que no. «Las tortugas no vuelan. Es un hecho. No pierdo mi tiempo con imposibles». Pero Tortuguita volvía cada mañana, sin falta, subiendo la montaña con sus patitas cortas y su caparazón pesado.
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