
Snoopy tenía un hueso favorito. No cualquier hueso: era EL hueso. Grande, perfecto, con el mordisco exacto en la esquina derecha. Lo había enterrado en algún lugar del jardín hacía tres semanas y ahora no recordaba dónde. Cavó junto al roble: nada. Cavó junto a la cerca: nada. Cavó en el jardín de la vecina: una zapatilla vieja y una regañada.
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