¡Avilene y la Rebelión Perruna!
Avilene loves her four dogs, but her ogre husband, Gruñón, despises them and gives her an ultimatum. Avilene cleverly trains her dogs to win Gruñóns affection, ultimately softening his heart and turning him into a reluctant, yet loving, member of their furry family.
Avilene era una joven de ojos brillantes y una sonrisa que podía derretir el hielo. Vivía en una cabaña acogedora al borde del Bosque Susurrante, pero su felicidad no era completa. Su esposo, Gruñón, era un ogro grande y malhumorado, aunque en el fondo, muy en el fondo, tenía un corazón (pequeño y cubierto de musgo, pero corazón al fin). El gran problema de Avilene era que amaba a los perros, ¡y tenía cuatro! Se llamaban Canela, un chihuahua tembloroso; Trueno, un gran danés torpe; Luna, una dálmata elegante; y Copito, un maltés esponjoso. Gruñón no soportaba a los perros. Decía que hacían demasiado ruido, que dejaban pelos por todas partes, y que ¡comían demasiada comida! "¡Fuera, perros pulgosos!", gritaba Gruñón, retumbando por toda la cabaña. Avilene suspiraba y abrazaba a sus perros, protegiéndolos del gruñón ogro. Un día, Gruñón le dio un ultimátum a Avilene. "¡O ellos, o yo! ¡No puedo vivir un minuto más con estos chuchos!", bramó, golpeando la mesa con su puño gigante. Avilene sintió que su corazón se rompía. Amaba a Gruñón, pero no podía abandonar a sus perros. Eran su familia. Esa noche, Avilene no pudo dormir. Se levantó y fue al jardín, donde los cuatro perros la esperaban, moviendo sus colas suavemente. "¿Qué vamos a hacer?", les susurró, con lágrimas en los ojos. Canela ladró suavemente, Trueno lamió su mano, Luna apoyó su cabeza en su regazo, y Copito saltó a sus brazos. De repente, a Avilene se le ocurrió una idea. ¡Tenía que encontrar una manera de que Gruñón entendiera lo maravillosos que eran sus perros! Al día siguiente, mientras Gruñón estaba fuera cazando jabalíes (que era lo que más le gustaba hacer), Avilene puso su plan en marcha. Primero, le enseñó a Canela a hacer un truco adorable: ¡dar la patita y luego hacerse el muerto! A Trueno le enseñó a buscarle sus pantuflas al ogro. A Luna, le enseñó a traerle el periódico (hojas grandes del bosque, en realidad). Y a Copito, le enseñó a sentarse en el regazo de Gruñón mientras este dormía. Cuando Gruñón regresó, estaba de peor humor que nunca. Se dejó caer en su sillón y gruñó. Trueno, tímidamente, le trajo sus pantuflas. Gruñón lo miró con el ceño fruncido, pero se puso las pantuflas sin decir nada. Luego, Luna llegó con las hojas del bosque que Avilene había puesto cerca de la puerta. ¡Gruñón incluso sonrió un poco! Finalmente, mientras Gruñón se quedaba dormido, Copito saltó suavemente a su regazo y se acurrucó. Cuando Gruñón se despertó, sintió algo suave y cálido en su regazo. Abrió los ojos y vio a Copito mirándolo fijamente con sus ojos grandes y tiernos. Por primera vez, Gruñón no sintió irritación. Sintió… ¿ternura? Copito lamió la mano del ogro, y Gruñón, sorprendiéndose a sí mismo, le acarició la cabeza. Avilene observaba desde la puerta, conteniendo la respiración. Se acercó lentamente y se arrodilló junto a Gruñón. "¿Qué te parece, Gruñón?", preguntó suavemente. Gruñón miró a Avilene, luego a Copito, y finalmente a los otros tres perros que lo miraban expectantes. Un suspiro profundo salió del pecho del ogro. "Bueno…", dijo, con voz sorprendentemente suave. "Supongo que… tal vez… no son tan malos". Los perros ladraron de alegría, y Avilene abrazó a Gruñón con fuerza. Desde ese día, la cabaña de Avilene y Gruñón se llenó de alegría y ladridos. Gruñón aprendió a amar a los perros (aunque nunca lo admitió abiertamente, claro). Canela le daba la patita cada mañana, Trueno siempre le traía sus pantuflas (a veces incluso las mordisqueaba un poco), Luna lo acompañaba en sus paseos por el bosque, y Copito siempre estaba listo para acurrucarse en su regazo. Avilene, Gruñón y los cuatro perros vivieron felices para siempre, demostrando que incluso el corazón de un ogro puede ser conquistado con mucho amor perruno. Y Gruñón secretamente disfrutaba que los perros ahuyentaran a los vendedores ambulantes que intentaban estafarlo con pociones mágicas falsas. ¡Los perros eran excelentes guardianes! La cabaña al borde del Bosque Susurrante siempre estuvo llena de risas, pelos y mucho, mucho amor. Y aunque Gruñón nunca lo dijera en voz alta, él también era parte de la rebelión perruna.
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