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Yo, Josué, estaba a punto de ser el nuevo líder de Israel, ¡qué gran responsabilidad! Moisés, nuestro gran líder, ya no estaba con nosotros. Me sentía triste, muy triste, pero en mi corazón sabía que Dios tenía un plan maravilloso para mí. Ese día, mientras oraba, Dios me habló. Su voz era suave pero firme, como el viento que acaricia las hojas de los árboles. Me dio fuerzas, ¡muchas fuerzas! Me dijo que fuera valiente, ¡muy valiente! Y que no temiera, ¡que no tuviera miedo!, porque Él estaría conmigo en todo momento, como un escudo protector y un guía fiel.
Con esas palabras resonando en mi mente y en mi corazón, supe que debía actuar, ¡no podía perder tiempo! Reuní a los oficiales, los hombres más sabios y fuertes de nuestro pueblo. Les ordené preparar a todos para cruzar el río Jordán. ¡En solo tres días! El Jordán era un río grande y caudaloso, pero yo sabía que Dios nos ayudaría. Él nos había prometido la Tierra Prometida, una tierra llena de leche y miel, un lugar donde podríamos vivir felices y en paz. "Esfuérzate y sé valiente", me repetía Jehová una y otra vez, y esas palabras se grabaron en mi corazón como si fueran letras de oro. A pesar del miedo que a veces intentaba colarse en mi pensamiento, sabía que la Ley de Moisés, las enseñanzas que él nos había dado, debía ser mi guía, mi faro en la oscuridad.
Luego, hablé a las tribus de Rubén, Gad y la media tribu de Manasés. Estos hombres valientes ya habían recibido su herencia al este del Jordán, pero yo necesitaba su ayuda. Les pedí que lideraran la batalla, que fueran los primeros en cruzar el río y luchar por la Tierra Prometida. Miré a cada uno de ellos a los ojos y vi la determinación brillando en sus rostros. Su lealtad me dio fuerzas, ¡más fuerzas de las que creía tener! El pueblo entero me prometió obedecer y seguirme, sabiendo que juntos, unidos como un solo hombre, tomaríamos la tierra que Dios nos había prometido, la tierra que Él nos había reservado con tanto amor.
Ellos no solo me seguían a mí, Josué, el nuevo líder. Ellos confiaban en Dios, en Su poder infinito y en Su promesa inquebrantable. Sentí el peso de mi responsabilidad sobre mis hombros, era como llevar una montaña, pero también sentí la fuerza de su unidad, la energía que emanaba de su fe. "Solamente que Jehová tu Dios esté contigo, como estuvo con Moisés", me dijeron con voces unísonas, y en ese momento entendí que mi verdadera fuerza no provenía de mí mismo, sino de la presencia de Dios en mi vida y en la vida de todo el pueblo.
Con valentía, con el corazón lleno de esperanza y fe, les anuncié a todos que juntos, de la mano de Dios, tomaríamos la tierra. No podía fallarles, ¡no podía decepcionarlos! Yo era el líder que Jehová me había destinado a ser, el líder que los guiaría a la Tierra Prometida. Sabía que el camino no sería fácil, que habría obstáculos y desafíos, pero con Dios a nuestro lado, ¡nada era imposible! Juntos, venceríamos cualquier obstáculo y reclamaríamos la tierra que nos pertenecía por derecho divino.
El día del cruce llegó. El río Jordán estaba crecido, sus aguas rugían como un león enojado. Pero Dios hizo un milagro. Los sacerdotes, llevando el Arca de la Alianza, se adentraron en el río, y las aguas se detuvieron. ¡Se detuvieron como si una pared invisible las contuviera! El pueblo entero cruzó en seco, caminando sobre la tierra firme que Dios había preparado para ellos. Fue un momento de alegría, de asombro y de profunda gratitud. ¡Dios estaba con nosotros!
Después de cruzar el Jordán, levantamos un monumento de piedras para recordar el milagro que Dios había hecho. Cada piedra representaba una tribu de Israel, y juntas formaban un recordatorio constante del poder y la fidelidad de Dios. Luego, nos preparamos para la batalla. La ciudad de Jericó era la primera que debíamos conquistar. Era una ciudad grande y fortificada, con murallas altas y fuertes. Pero Dios tenía un plan.
Dios me dijo que marcháramos alrededor de la ciudad una vez al día durante seis días, llevando el Arca de la Alianza y tocando trompetas. El séptimo día, debíamos marchar alrededor de la ciudad siete veces, y luego, al sonar un cuerno de carnero, todo el pueblo debía gritar con todas sus fuerzas. Al oír el grito, las murallas de Jericó se derrumbarían. ¡Y así fue! El pueblo obedeció las instrucciones de Dios, y al sonar el cuerno de carnero y al gritar el pueblo, las murallas de Jericó se derrumbaron como si fueran de arena. Tomamos la ciudad y celebramos la victoria que Dios nos había dado.
Continuamos conquistando la Tierra Prometida, ciudad tras ciudad, tribu tras tribu. Dios siempre estuvo con nosotros, dándonos fuerza, sabiduría y protección. Y al final, después de muchos años de lucha y esfuerzo, Israel finalmente se estableció en la Tierra Prometida, la tierra que Dios había prometido a Abraham y a sus descendientes. Y yo, Josué, supe que había cumplido mi misión. Había sido valiente, había obedecido a Dios y había guiado al pueblo de Israel a su destino. Y eso, ¡eso me llenaba de alegría y gratitud!
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