Juanito y el Ratón Afortunado
Juan, un niño aventurero, encuentra un ratón perdido en el campo y lo lleva a casa. Le construye una cama, le hace juguetes y lo llama Juanito. Eventualmente, Juan encuentra a la madre de Juanito y decide reunirlos, visitándolos frecuentemente en el campo.
Juan era un niño curioso y aventurero al que le encantaba explorar el campo que rodeaba su casa. Un día, mientras correteaba entre las altas hierbas y las margaritas, algo diminuto y gris llamó su atención. ¡Era un ratón! Estaba temblando y parecía perdido. Juan, con mucho cuidado, lo recogió en sus manos. Era tan pequeño que cabía en la palma de su mano. “¡Pobrecito!”, pensó Juan. “Está solo y asustado”. Decidió llevarlo a casa para cuidarlo. Corrió a buscar a su madre, emocionado por su nuevo amigo. “¡Mamá, mamá! ¡Mira lo que encontré!”, exclamó Juan, mostrando el ratoncito en su mano. La mamá de Juan sonrió. “¡Vaya, Juan! Es un ratón muy pequeño. Parece que necesita un poco de ayuda.” Juan, lleno de alegría, le preguntó: “¿Puedo quedármelo, mamá? ¡Por favor! Le pondré un nombre y lo cuidaré mucho.” Su madre, viendo la ilusión en los ojos de Juan, asintió. “Está bien, Juan. Pero debes ser muy responsable y cuidarlo bien. Recuerda que es un animalito pequeño y necesita tu protección.” ¡Juan saltó de alegría! Inmediatamente pensó en el nombre perfecto para su nuevo amigo: Juanito. “¡Se llamará Juanito!”, anunció con entusiasmo. Lo primero que hizo Juan fue buscar una caja de zapatos vacía. La decoró con trozos de tela de colores, hojas y flores que recogió en el jardín. Dentro, puso un poco de algodón suave para que Juanito tuviera una cama cómoda y calentita. “¡Aquí tienes tu casa, Juanito!”, le dijo Juan, depositando suavemente al ratón en su nueva morada. Juanito, al principio, estaba un poco asustado, pero pronto se acurrucó en el algodón y pareció sentirse más seguro. Juan no se conformó con solo una cama. Quería que Juanito tuviera todo lo que necesitaba para ser feliz. Buscó pequeños trozos de madera y los convirtió en juguetes. Hizo una pequeña pelota de hilo y hasta le confeccionó un abrigo con un retazo de tela vieja para que no tuviera frío. Juan alimentaba a Juanito con pequeñas migas de pan, trocitos de queso y semillas que recogía en el campo. Se aseguraba de que siempre tuviera agua fresca en un pequeño tapón de botella. Los días pasaban y Juan y Juanito se hicieron inseparables. Juan le contaba historias a Juanito, le cantaba canciones y jugaba con él en el jardín. Juanito, a su vez, lo seguía a todas partes y parecía disfrutar mucho de su compañía. Pero Juan, a pesar de querer mucho a Juanito, sabía que el ratón no debía estar solo. Se preguntaba por su familia, por su mamá. Un día, mientras paseaba por el campo, vio a una ratona buscando comida. Se acercó con cuidado y le preguntó: “Disculpa, señora ratona, ¿ha perdido a un ratoncito pequeño y gris?” La ratona lo miró con curiosidad. “Sí, lo he perdido. Lo he estado buscando por todas partes. Se llama… ¡Juanito!” Juan sintió un vuelco en el corazón. “¡Yo lo tengo!”, exclamó. “Lo encontré en el campo y lo he estado cuidando.” La ratona se puso muy contenta. “¡Oh, gracias, niño! ¡Estaba muy preocupada por él! ¿Podrías llevarnos a donde está?” Juan llevó a la ratona hasta su casa y le mostró a Juanito. Al ver a su mamá, Juanito corrió hacia ella y se acurrucó en su regazo. La ratona lo abrazó con cariño. Juan sintió un poco de tristeza al verlos juntos. Sabía que debía dejar que Juanito volviera con su familia, pero lo extrañaría mucho. Sin embargo, se alegró de haber podido ayudar a Juanito y a su mamá. “Puedes venir a visitarlo cuando quieras, Juan”, le dijo la ratona. “Siempre serás bienvenido.” Juan sonrió. “Gracias”, dijo. “Vendré a verlo a menudo.” Desde ese día, Juan iba a visitar a Juanito y a su mamá ratona con frecuencia. Les llevaba comida y jugaba con ellos en el campo. Aprendió mucho sobre los ratones y sobre la importancia de cuidar a los animales. Y aunque Juanito ya no vivía en su casa, siempre sería su amigo afortunado.
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