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Había una vez un niño llamado Mateo que vivía en un pueblito rodeado de colinas verdes llamado Villa Brisa. Mateo tenía cuatro años, lo que significaba que era un experto en tres cosas muy importantes: encontrar los mejores charcos para saltar, construir torres altísimas con cubos de madera y reconocer todos los sonidos de los camiones de bomberos. Mateo siempre llevaba puestas sus botas de agua de color amarillo brillante, incluso cuando hacía sol, porque decía que nunca se sabe cuándo una aventura puede necesitar un buen chapuzón.
Una tarde, mientras Mateo jugaba en el jardín con su camión rojo favorito, notó algo extraño. El cielo, que antes era del color de su helado de mora azul, empezó a ponerse de un color verde grisáceo, muy parecido al brócoli que mamá le servía en la cena. El aire dejó de moverse por completo. Estaba tan quieto que ni siquiera las hojas de los árboles se atrevían a susurrar. Mateo miró a su perro, Pelusa, que tenía las orejas levantadas y olfateaba el aire con curiosidad.
De repente, su mamá salió a la terraza. Su voz sonaba tranquila, pero sus ojos estaban muy atentos. —Mateo, tesoro, es hora de entrar —dijo ella—. El viento quiere jugar a dar vueltas hoy y nosotros vamos a ir a nuestra habitación especial en el sótano a esperar a que termine su baile.
Mateo no tenía miedo. Para él, todo era parte de un gran juego. Agarró a su mejor amigo, un oso de peluche llamado Rayas que tenía una oreja un poco descosida, y siguió a su mamá. Bajaron las escaleras hacia el sótano, un lugar que olía a manzanas guardadas y a madera vieja. Papá ya estaba allí con una linterna mágica y una manta grande y suave que parecía una nube.

—¿Por qué hace tanto ruido afuera, papá? —preguntó Mateo, mientras se acurrucaba entre los cojines. Afuera, el viento había empezado a silbar. Primero suave, como un gatito pidiendo leche, y luego fuerte, como un tren gigante que pasaba muy cerca de la casa.
—Es el viento, Mateo —explicó papá—. A veces, al viento le gusta correr en círculos muy rápido, como cuando tú das vueltas sobre la alfombra hasta que te mareas. Se llama tornado, y es como un gran remolino que limpia las hojas viejas del camino.
Mateo cerró los ojos y abrazó fuerte a Rayas. Escuchó un estruendo fuerte, como si muchos gigantes estuvieran jugando a los bolos sobre el techo. Pero Mateo, con su imaginación de cuatro años, decidió que el viento no estaba enojado. Pensó que el viento simplemente había perdido su juguete favorito y lo estaba buscando por todas partes, moviendo las cosas de lugar. —No llores, Rayas —le susurró al oído a su oso—. El gigante solo está haciendo un berrinche porque no quiere irse a dormir, igual que yo anoche.
Mamá les leyó un cuento sobre un dragón que solo comía galletas de chocolate, y poco a poco, el ruido afuera empezó a bajar de volumen. El tren gigante se alejó, el silbido se convirtió en un suspiro y el silencio regresó a Villa Brisa. Cuando papá abrió la puerta del sótano, un rayito de sol, dorado como la miel, bajó por las escaleras para saludarlos.

Al salir al jardín, Mateo vio que el mundo se veía un poco diferente. Había muchas ramas en el suelo y algunas flores estaban despeinadas, como el cabello de Mateo cuando se acababa de despertar. El columpio de madera se había movido de lugar y el patio estaba lleno de hojas de colores que no estaban allí antes.
—¡Oh, mira mamá! —exclamó Mateo corriendo con sus botas amarillas—. ¡El viento nos dejó muchos tesoros para jugar!
Para Mateo, el tornado no había sido un monstruo, sino un invitado travieso que había dejado el jardín listo para una nueva aventura. Sus vecinos salieron de sus casas, y pronto todos empezaron a ayudarse. Mateo, sintiéndose muy importante, cargó su camión rojo con las ramitas pequeñas que encontraba y las llevaba a una pila grande. —Estoy limpiando el camino para el gigante —decía con orgullo.
Esa noche, mientras el sol se escondía detrás de las colinas, Villa Brisa estaba tranquila de nuevo. Mateo se fue a la cama con Rayas, pensando que, aunque el viento a veces gritara muy fuerte, siempre regresaba la calma, y que lo más divertido de las tormentas era ver cómo todos salían después a reconstruir el mundo, un juguete y una rama a la vez. Mateo se quedó dormido con una sonrisa, soñando con nubes de algodón y vientos que solo sabían cantar canciones de cuna.
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