Mateo y el Misterio del Capitán Apéndice
Mateo experimenta un fuerte dolor abdominal que resulta ser apendicitis. Tras ser llevado al hospital, descubre que enfrentarse a una operación no es tan aterrador como pensaba, convirtiendo su experiencia médica en una valiente aventura espacial.

Había una vez un niño llamado Mateo, cuya curiosidad era tan grande como su colección de dinosaurios de plástico. Mateo vivía en una casa llena de aventuras, donde el sofá se convertía en un barco pirata y la alfombra del pasillo era un río lleno de cocodrilos hambrientos. Sin embargo, un martes por la tarde, algo extraño sucedió. Mientras Mateo intentaba construir la torre de piezas de construcción más alta del mundo, sintió un pequeño pinchazo en su barriga. Al principio, pensó que quizás era un reclamo de su estómago pidiendo una merienda de galletas con leche, pero el pinchazo no desapareció después de comer. El pinchazo se transformó en un runrún constante, como si un pequeño duendecillo estuviera saltando a la cuerda justo al lado de su ombligo, pero un poco más hacia la derecha. Mateo intentó seguir jugando, pero su energía empezó a desvanecerse como la batería de un juguete viejo. Su mamá, al verlo tan quietecito y con el ceño fruncido, se acercó con preocupación. ¿Te pasa algo, tesoro?, preguntó ella, poniendo su mano fresca sobre la frente de Mateo. Mateo, que siempre tenía una respuesta ingeniosa, solo pudo decir: Mamá, tengo un nudo de mariposas en la tripa, pero estas mariposas llevan botas de montaña. Pronto, el dolor se hizo más fuerte. Mateo ya no quería jugar a los piratas; solo quería hacerse un ovillito en la cama. Sus padres, que sabían que Mateo nunca rechazaba un juego, se dieron cuenta de que no era un simple dolor de barriga por haber comido demasiadas golosinas. Decidieron que era hora de visitar al Doctor Casal en el hospital infantil. Mateo sentía un poco de miedo, porque el hospital era un lugar grande con olores extraños y máquinas que hacían ruidos desconocidos, pero su papá le prometió que allí encontrarían al culpable del dolor. Cuando llegaron, una enfermera muy amable llamada Clara recibió a Mateo. Clara tenía un estetoscopio con una funda de peluche en forma de koala, lo que hizo que Mateo sonriera un poquito. El Doctor Casal llegó poco después. Era un hombre con gafas redondas y una voz que sonaba como un cuento de buenas noches. Tras examinar la barriga de Mateo con mucha suavidad, el doctor le explicó: Mateo, parece que tu apéndice ha decidido organizar una fiesta sin permiso. El apéndice es como un pequeño dedo de guante que vive al final de tu intestino, y ahora mismo está un poco inflamado y gruñón. Se llama apendicitis. El doctor le explicó que la mejor solución era quitar ese pequeño apéndice para que Mateo pudiera volver a saltar y correr. Es como quitar una pieza de un rompecabezas que se ha roto, dijo el doctor. Mateo se imaginó a su apéndice como un pequeño capitán pirata que se había vuelto testarudo y no quería soltar el timón. Aunque la idea de una operación sonaba imponente, el Doctor Casal le aseguró que se quedaría dormido profundamente y que, cuando despertara, el Capitán Apéndice ya se habría ido de vacaciones permanentes. Mateo fue llevado a una habitación muy limpia y brillante. Le pusieron una bata azul con dibujos de estrellas y le conectaron un suero mágico que le daría fuerzas. Sus padres estuvieron a su lado en todo momento, tomándole de la mano y leyéndole su libro favorito sobre el espacio exterior. Cuando llegó el momento de ir al quirófano, Mateo se sintió como un astronauta preparándose para una misión importante. Se despidió de sus padres con un beso valiente y se dejó llevar por la camilla, que parecía una nave espacial deslizándose por los pasillos. Dentro del quirófano, todo estaba lleno de luces brillantes. El anestesista, que llevaba un gorro con dibujos de planetas, le pidió a Mateo que contara hacia atrás desde diez mientras pensaba en su lugar favorito del mundo. Diez... nueve... ocho..., empezó Mateo. Para cuando llegó al siete, ya estaba soñando que volaba sobre un lomo de un dragón verde por encima de nubes de algodón de azúcar. No sintió nada de nada. Fue el sueño más tranquilo que había tenido en mucho tiempo. Cuando Mateo abrió los ojos, se encontró de nuevo en su habitación. El dolor agudo que sentía antes había desaparecido, dejando solo una sensación de cansancio y un poquito de molestia en la zona donde habían operado, pero era un dolor mucho más amable. Su mamá estaba allí, sonriendo, y le dio un sorbito de agua fresca. Lo has hecho genial, campeón, le dijo. El Doctor Casal entró poco después para darle una noticia emocionante: el Capitán Apéndice se había ido para siempre y Mateo pronto estaría listo para volver a sus aventuras. Los siguientes días en el hospital fueron más divertidos de lo que Mateo esperaba. Aprendió que las camas de hospital podían subir y bajar con solo pulsar un botón, lo que las convertía en naves de despegue perfectas. Recibió visitas de sus abuelos y dibujos de sus amigos de la escuela. La enfermera Clara le trajo un helado de vainilla, que según ella, era la medicina secreta para los niños valientes que habían vencido a la apendicitis. Mateo se sentía como un héroe que había regresado de una gran batalla. Finalmente, llegó el día de volver a casa. Mateo tenía una pequeña tirita en la barriga que guardaba como una medalla de honor. Aunque tenía que descansar y no podía saltar en el sofá durante unos días, se sentía mucho mejor. Al llegar a su habitación, sus dinosaurios lo estaban esperando. Mateo los miró y les dijo: Escuchad, chicos, he tenido una aventura increíble. He vencido al Capitán Apéndice y ahora soy más fuerte que un Tiranosaurio Rex. Con el paso de las semanas, la pequeña marca en su barriga se fue haciendo casi invisible, pero la historia de su valentía quedó para siempre. Mateo aprendió que, a veces, el cuerpo necesita un poco de ayuda externa para funcionar bien y que los doctores y enfermeras son como magos de la vida real. Ahora, cada vez que ve a un amigo con dolor de barriga, Mateo se acerca y le cuenta la historia de cómo él fue un astronauta por un día, recordándoles que incluso cuando algo da miedo, siempre hay un final feliz esperando a la vuelta de la esquina.
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