
La mañana que el mar escupió algo extraño en la playa, todo el pueblo pesquero corrió a esconderse. Era una criatura verde del tamaño de un perro grande, con aletas en la espalda y una cola que arrastraba en la arena. Las sirenas de emergencia sonaron y los adultos gritaban: «¡Un monstruo!». Pero Hana, que tenía nueve años y más curiosidad que miedo, se acercó mientras todos huían. Lo que vio no era un monstruo: era un bebé asustado.
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