
Tomás nadaba solo cada día. No porque quisiera, sino porque cada vez que se acercaba a alguien, huían aterrados. Los peces pequeños se escondían en las anémonas, las medusas cambiaban de dirección, y hasta los cangrejos se metían en sus conchas. «Solo quiero decir hola», pensaba Tomás con sus grandes ojos azules llenos de tristeza, mientras su enorme aleta dorsal cortaba el agua solitariamente.
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