¡Cuidado con la Casa de Caramelo de Doña Celestina!
Celestina, una bruja malvada, usa a sus gatos Sempronio y Parmeno, transformados en niños, para atraer niños a su "Casa de Caramelo" en Halloween. Melibea y Calisto caen en la trampa, pero Calisto, con valentía, y Melibea, con su magia, logran escapar y alertar al pueblo sobre el peligro.

Celestina era una anciana arrugada que vivía en el corazón de un bosque sombrío. Su cabaña, pequeña y torcida, parecía una seta gigante cubierta de musgo. No vivía sola; la acompañaban Sempronio y Parmeno, dos gatos de pelaje negro azabache y ojos que brillaban como brasas. Pero Sempronio y Parmeno no eran gatos comunes. Eran... diferentes. Celestina, además, no era una anciana cualquiera. Era una bruja, una hechicera de Magia Oscura, y no una de las buenas. Cada año, en la noche de Halloween, sus retorcidos planes se ponían en marcha. Su objetivo: cazar niños. Sempronio y Parmeno eran sus cómplices indispensables. La magia de Celestina les permitía a Sempronio y Parmeno transformarse en niños. ¡Sí, niños! Dos niños traviesos y sonrientes, que usaban su encanto para engañar a otros niños. Su trampa favorita era la "Casa de Caramelo". Sempronio y Parmeno, convertidos en niños, corrían por el pueblo, gritando: "¡La Casa de Caramelo! ¡Venid a la Casa de Caramelo! ¡Donde no hay reglas, ni padres que te digan que no comas!" En el pintoresco pueblo al borde del bosque, vivía Melibea, una niña de siete años con ojos color miel y una sonrisa que iluminaba el día. Era la hija del alcalde, una niña querida por todos por su amabilidad y su corazón generoso. Melibea tenía un amigo inseparable, Calisto, un chico de nueve años, valiente y protector, que siempre cuidaba de ella. Este Halloween, Celestina estaba especialmente agitada. Revolvió sus calderos, murmuró conjuros y afiló sus largas uñas amarillentas. Sempronio y Parmeno, impacientes, se frotaban contra sus piernas, ronroneando con anticipación. "¡Este año será el mejor!", graznó Celestina, con una risita que helaba la sangre. Esa tarde, Melibea y Calisto se disfrazaron para pedir dulces. Melibea se había vestido de hada brillante, con alas de tul y una varita mágica. Calisto, por su parte, se había transformado en un valiente caballero, con una armadura de cartón y una espada de madera. Mientras recorrían las calles del pueblo, llenando sus cestas de caramelos, escucharon una voz que los llamaba desde la distancia. "¡Eh, niños! ¡Venid a la Casa de Caramelo! ¡Tenemos todos los dulces que podáis imaginar!" Melibea y Calisto se miraron con curiosidad. Nunca habían oído hablar de esa casa. La voz, dulce y tentadora, provenía de dos niños que no conocían. Uno, de cabello rubio y ojos azules, le guiñó un ojo a Melibea. El otro, de cabello castaño y ojos verdes, le ofreció un caramelo brillante a Calisto. "¿Qué os parece si vamos?", preguntó Melibea, emocionada. Calisto, sin embargo, se mostró más cauteloso. Algo en la mirada de esos niños le daba mala espina. "No lo sé, Melibea. Nunca he oído hablar de esa casa. Y no confío mucho en extraños", respondió Calisto, frunciendo el ceño. Pero Melibea era demasiado curiosa para resistirse. "¡Vamos, Calisto! ¡Solo un ratito! Prometo que si no nos gusta, nos vamos enseguida", insistió Melibea, tirando de su mano. Calisto, a regañadientes, aceptó. Los cuatro niños se adentraron en el bosque, siguiendo un sendero oscuro y poco transitado. A medida que se alejaban del pueblo, el ambiente se volvía más sombrío y silencioso. Los árboles se alzaban como esqueletos retorcidos, y la luna, oculta tras las nubes, apenas iluminaba el camino. Finalmente, llegaron a una pequeña cabaña, iluminada con una luz extraña y temblorosa. El aire olía a azúcar quemado y especias dulces. "¡Aquí está! ¡La Casa de Caramelo!", exclamó el niño rubio, abriendo la puerta de par en par. Al entrar, Melibea y Calisto quedaron boquiabiertos. La cabaña estaba repleta de dulces de todas las formas y colores. Piruletas gigantes, caramelos de goma, pasteles de chocolate, galletas de jengibre… ¡Era un paraíso para los golosos! "¡Bienvenidos! ¡Comed todo lo que queráis!", dijo el niño castaño, con una sonrisa maliciosa. Melibea, olvidando las advertencias de Calisto, se lanzó sobre una montaña de caramelos. Calisto, aún desconfiado, observaba a los dos niños con atención. De repente, la puerta se cerró de golpe. Celestina apareció, envuelta en una capa negra, con sus ojos brillantes y sus dedos huesudos. "¡Ja, ja, ja! ¡Bienvenidos a mi trampa, pequeños ingenuos!", gritó Celestina, con una voz chirriante. Sempronio y Parmeno, volviendo a su forma felina, se frotaron contra sus piernas, ronroneando con satisfacción. Calisto, comprendiendo el peligro, empujó a Melibea detrás de él. "¡Corred!", gritó Calisto, sacando su espada de madera. Melibea, asustada, se escondió detrás de un barril lleno de caramelos. Celestina lanzó un hechizo, pero Calisto, con agilidad, lo esquivó. La cabaña se llenó de humo y chispas. Calisto luchaba con valentía, pero Celestina era demasiado poderosa. Entonces, Melibea, recordando que era un hada, agitó su varita mágica. Un rayo de luz brillante golpeó a Celestina, desestabilizándola. Calisto aprovechó la oportunidad para abrir la puerta de un empujón. "¡Corred, Melibea, corred!", gritó Calisto. Los dos niños salieron corriendo de la cabaña, adentrándose de nuevo en el bosque oscuro. Celestina, furiosa, los persiguió, pero Calisto y Melibea eran más rápidos. Finalmente, llegaron al pueblo, sanos y salvos. Corrieron a contarle al alcalde, el padre de Melibea, lo que había sucedido. El alcalde, sorprendido y agradecido, organizó una búsqueda para encontrar la cabaña de Celestina, pero la bruja y sus gatos habían desaparecido. Desde entonces, cada Halloween, los niños del pueblo recuerdan la historia de la Casa de Caramelo de Doña Celestina. Y aunque los dulces sean tentadores, siempre recuerdan ser cautelosos y nunca confiar en extraños. Y Calisto, el valiente caballero, sigue cuidando de Melibea, el hada brillante, para siempre.
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