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Gratis · elegí una vozEn el aula de 5º B, la hora del recreo era siempre una fiesta. Pero hoy, era una fiesta con un toque extra de chocolate. La señorita Elena, con su sonrisa brillante como el sol, había traído una caja enorme de tabletas de chocolate para todos. ¡Chocolate con leche, chocolate negro, chocolate blanco, chocolate con nueces! La alegría era palpable.
"¡Gracias, señorita Elena!" corearon los niños, con los ojos iluminados. Cada uno agarró su tableta favorita y, en cuestión de segundos, el aula estaba llena del delicioso aroma del cacao.
Mientras masticaban felices, Ana, una niña de trenzas rubias y gafas redondas, gritó: "¡Mirad, mirad! ¡Un arcoíris!"
Todos corrieron hacia la ventana. Efectivamente, un arcoíris brillante y colorido se extendía desde el horizonte, uniendo el cielo con la tierra. Pero este arcoíris era diferente. ¡Parecía estar hecho de chocolate derretido! Los colores parecían caramelo, fresa, menta… ¡todos los sabores imaginables!
"¡Guau!" exclamó Carlos, un niño con pecas y una gorra de béisbol al revés. "¡Nunca he visto un arcoíris así!"
De repente, el arcoíris pareció acercarse. Un rayo de luz color chocolate aterrizó justo frente a la escuela. Una puerta brillante y chispeante apareció en medio del patio.
"¿Qué es eso?" preguntó Sofía, tímidamente, abrazando su tableta de chocolate blanco.
La señorita Elena, siempre aventurera, se acercó a la puerta con cautela. "Parece… una invitación," dijo, con una sonrisa intrigante. "¿Quién quiere venir conmigo a ver dónde nos lleva este arcoíris de chocolate?"
Un coro de "¡Yo!" resonó en el aula. Todos, excepto Luis, que estaba demasiado ocupado terminando su tableta de chocolate negro, querían unirse a la aventura.
Así, la señorita Elena, con su clase de 5º B, se adentró en la puerta del arcoíris de chocolate. Al instante, se encontraron en un mundo mágico. Los árboles eran de algodón de azúcar, los ríos fluían con leche chocolatada y las flores tenían pétalos de galleta. El aire olía a pastel recién horneado.
"¡Esto es increíble!" gritó Ana, maravillada.
Comenzaron a caminar por el sendero de caramelo, comiendo trozos de algodón de azúcar y bebiendo sorbos de leche chocolatada del río. Se encontraron con ardillas que les ofrecían nueces caramelizadas y con pájaros que cantaban melodías de chocolate.
El camino era largo y lleno de sorpresas. Tuvieron que cruzar un puente hecho de regaliz y escalar una montaña de merengue. En cada obstáculo, trabajaban juntos, ayudándose mutuamente y riendo a carcajadas.
Finalmente, después de horas de caminata y aventura, llegaron al final del arcoíris. Allí, en medio de una playa de arena de azúcar, se encontraba un cofre del tesoro brillante.
"¡El tesoro!" exclamó Carlos, corriendo hacia el cofre.
Con manos temblorosas, la señorita Elena abrió el cofre. Adentro, no había oro ni joyas. En cambio, encontraron algo mucho más especial: ¡cientos de pares de chanclas de tiburón! ¡Sharklas de todos los colores y tamaños!
Los niños gritaron de alegría. Cada uno eligió un par de chanclas de tiburón que le quedara perfecto. Eran suaves, cómodas y… ¡tenían dientes! Pero no eran dientes afilados, sino dientes hechos de goma blanda.
"¡Son geniales!" dijo Sofía, saltando arriba y abajo con sus nuevas sharklas rosas.
La señorita Elena sonrió. "Este es un tesoro muy especial. No es algo que se pueda comprar con dinero, sino algo que se gana con la amistad, la aventura y el chocolate."
Se pusieron sus sharklas y comenzaron a jugar en la playa de arena de azúcar. Corrieron, saltaron, construyeron castillos y se rieron hasta que les dolió la barriga. Nunca habían tenido tanta diversión.
Cuando el sol comenzó a ponerse, la puerta del arcoíris de chocolate reapareció. Era hora de volver a casa.
Con sus sharklas puestas y el corazón lleno de alegría, los niños de 5º B se despidieron del mundo mágico y regresaron a su aula. La caja de chocolate estaba vacía, pero los recuerdos de la aventura durarían para siempre.
Y así, cada vez que veían un arcoíris, recordaban el día en que comieron chocolate, siguieron el arcoíris y encontraron el tesoro de las chanclas de tiburón. Y sabían que, aunque la vida a veces puede ser difícil, siempre hay espacio para la aventura, la amistad y, por supuesto, ¡el chocolate! Luis, al final, se arrepintió de haberse comido todo el chocolate, pero le prestaron unas sharklas rojas y también fue feliz.
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