El Lobo Hambriento y los Polluelos "Feos"

A partir de: Cierto día caminaba por el bosque un lobo desesperado y hambriento en busca de poder cazar un nutritivo animal. Durante su recorrido se encontró con un corruco que alegremente recolectaba alimento para sus hijos. El corruco temeroso le pregunta: "¿Qué haces tan inquieto en este lugar?" A lo que él le responde que buscaba unos animales pequeños e indefensos para comérselos. El corruco buscando proteger a sus hijos le sugiere que se coma a los animales más feos que vea, pues estaba seguro de que sus hijos eran muy hermosos, el lobo sonrió y continúo revisando nidos y guaridas en busca de los animales más feos, hasta que en un nido observo unos polluelos de apariencia desagradable, de ojos grandes y amarillos, sin plumas, pico curvo, patas largas y cubiertas de manchas de colores y sin dudarlo quiso convertirlos en su merienda. Cuando el lobo se encontraba a punto de comerse los polluelos, escuchó el grito desesperado del corruco diciendo: "no te los comas, ellos son mis hijos". El lobo asombrado le responde que esos polluelos eran las crías más feas de la selva y que él pretendía comérselos, pues jamás imagino que fueran sus hijos, dejando al corruco desolado y triste, pues en ese instante descubrió que su amor de padre hacía que viera a sus hijos como los más hermosos, pero en realidad eran los más feos.

A hungry wolf encounters a corruco bird collecting food for its chicks. To protect his offspring, the bird suggests the wolf eat the ugliest animals, unknowingly leading the wolf to his own ugly chicks. The corruco realizes his parental love blinded him to his childrens true appearance.

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Cierto día, un lobo desesperado y hambriento caminaba por el bosque, con el estómago gruñendo como un trueno lejano. Buscaba afanosamente un animalito nutritivo para saciar su apetito voraz. El sol se filtraba entre las hojas, creando manchas de luz y sombra en el sendero. Mientras avanzaba, se encontró con un corruco, un pajarito pequeño y rechoncho, que alegremente recolectaba bayas y gusanos. El corruco, con el pico lleno de comida, cantaba una melodía suave y despreocupada. Al ver al lobo, el corruco sintió un escalofrío recorrer su pequeño cuerpo. Con voz temblorosa, le preguntó: "Señor lobo, ¿qué haces tan inquieto en este lugar? ¿Estás buscando a alguien?". El lobo, con los ojos brillantes por el hambre, respondió con un gruñido: "Estoy buscando unos animales pequeños e indefensos para comérmelos. ¡Tengo mucha hambre!". El corruco, preocupado por la seguridad de sus hijos, tuvo una idea. Quería protegerlos a toda costa. Con una sonrisa nerviosa, le sugirió: "Señor lobo, ¿por qué no te comes a los animales más feos que veas? Estoy seguro de que mis hijos son los más hermosos del bosque, ¡no te gustarían!". El lobo, intrigado por la sugerencia, sonrió. "¡Qué idea tan interesante! Buscaré a los animales más feos. ¡Gracias por el consejo, pajarito!". Y así, el lobo continuó su camino, revisando nidos y guaridas en busca de los animales más feos que pudiera encontrar. Pasó por el nido de unas ardillas, pero las ardillitas eran pequeñas y peludas, con colas esponjosas. ¡Demasiado bonitas para comérselas! Luego, vio un grupo de conejitos, pero sus orejas largas y sus narices rosadas lo detuvieron. ¡Tampoco eran lo suficientemente feos! Finalmente, después de mucho buscar, el lobo llegó a un nido escondido entre las ramas de un árbol viejo y retorcido. Allí, observó unos polluelos de apariencia… peculiar. Eran pequeños y regordetes, con ojos grandes y amarillos que parecían mirarlo fijamente. No tenían plumas, solo una piel arrugada y rosada. Sus picos eran curvos y desproporcionados, y sus patas largas estaban cubiertas de manchas de colores extraños. "¡Estos son los polluelos más feos que he visto en mi vida!", pensó el lobo, relamiéndose los labios. "¡Serán una merienda deliciosa!". El lobo se acercó al nido, listo para devorar a los polluelos sin dudarlo. Estaba a punto de abrir sus fauces cuando, de repente, escuchó un grito desesperado que provenía de un árbol cercano. "¡No te los comas! ¡Por favor, no te los comas!", gritaba el corruco, volando hacia el nido con las alas agitadas. El lobo, sorprendido, se detuvo en seco. "¿Qué pasa, pajarito?", preguntó con el ceño fruncido. "¿Por qué no puedo comerme a estos polluelos tan feos?". El corruco, con lágrimas en los ojos, respondió: "¡Porque ellos son mis hijos! ¡Son mis polluelos!". El lobo se quedó boquiabierto. No podía creer lo que oía. "¿Tus hijos? ¿Esos… esos monstruos son tus hijos?", preguntó, señalando a los polluelos con una pata. "Pero si son las crías más feas de toda la selva. ¡Por eso quería comérmelos! Jamás imaginé que fueran tuyos". Al escuchar las palabras del lobo, el corruco se sintió desolado y triste. Se dio cuenta de que, para él, sus hijos eran los más hermosos del mundo. Los veía con amor y ternura, y no notaba su apariencia peculiar. Pero las palabras del lobo lo golpearon como un jarro de agua fría. En ese instante, descubrió que su amor de padre lo había cegado a la realidad: sus polluelos no eran tan hermosos como él creía. De hecho, eran los más feos del bosque. El corruco bajó la cabeza, avergonzado. El lobo, al ver su tristeza, sintió un poco de lástima. Aunque tenía mucha hambre, decidió dejar a los polluelos en paz. Después de todo, eran la familia de alguien, y ese alguien los amaba, sin importar su apariencia. "Está bien, pajarito", dijo el lobo, suspirando. "No me comeré a tus hijos. Pero tendré que buscar comida en otro lugar". Y así, el lobo se alejó del nido, con el estómago aún gruñendo, pero con un poco más de respeto por la vida y el amor familiar. El corruco, aunque triste, se sintió aliviado. Volvió a su nido y abrazó a sus polluelos, prometiéndoles que los amaría siempre, sin importar lo que pensaran los demás. Y así, aprendió una valiosa lección: el amor verdadero no ve la fealdad, solo la belleza que hay en el corazón.

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Publicado el 14/04/2026

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