¡El Misterio del Ñaca en Casa de Pepito!
Pepito escucha un extraño ruido, "ñaca", en su casa y descubre a un ratón llamado Tito que no puede abrir un queso duro. Pepito ayuda a Tito a cortar el queso y se hacen amigos, conociendo incluso a la familia de Tito en el parque. La amistad entre ellos crece, llenando de alegría la casa de Pepito y su jardín.

Pepito vivía en una casita colorida con techo rojo y un jardín lleno de margaritas. Le encantaba jugar al escondite con su perro, Pancho, y su gato, Luna. Un día, mientras jugaba en el jardín, escuchó un sonido extraño. ¡Ñaca! ¡Ñaca! Venía de dentro de la casa. Pepito, un poco asustado pero muy curioso, entró sigilosamente. "¿Qué será ese ñaca?", se preguntó Pepito. Pancho ladró suavemente, moviendo la cola, como diciendo: "Yo también tengo curiosidad, Pepito!" Luna, por su parte, se escondió detrás de una maceta, observando con sus grandes ojos verdes. El sonido, ¡Ñaca! ¡Ñaca!, se hizo más fuerte cuando Pepito se acercó a la cocina. Con mucho cuidado, abrió la puerta. ¡Sorpresa! No había monstruos, ni fantasmas, ni nada aterrador. En la mesa, encima de un plato, ¡había un ratón! Pero no era un ratón cualquiera. Era un ratón pequeño, gris, con grandes orejas rosadas y… ¡un trozo de queso en la mano! El ratón, al ver a Pepito, gritó: "¡Ñaca! ¡Ñaca! ¡No me comas!" Pepito se quedó boquiabierto. Nunca había visto un ratón tan educado. "¿Comerte?", dijo Pepito. "¡Pero si yo no como ratones! ¿Por qué estás haciendo ese ruido de ñaca?" El ratón suspiró aliviado. "Es que estoy intentando abrir este queso", explicó. "Es un queso muy duro y mis dientes son muy pequeños. ¡Hago ñaca con todas mis fuerzas, pero no puedo!" Pepito se acercó a la mesa y examinó el queso. Era un trozo de queso gruyere, con muchos agujeros, y efectivamente, parecía muy duro. "Ya veo", dijo Pepito. "Es un queso muy fuerte. Necesitamos una herramienta." Pancho ladró alegremente, como si supiera de qué estaban hablando. Luna salió de detrás de la maceta, acercándose cautelosamente a la mesa. Pepito pensó por un momento. "¡Ya sé!", exclamó. "¡Mi papá tiene una herramienta especial para cortar queso!" Pepito corrió al taller de su papá, que estaba al final del jardín. Buscó en la caja de herramientas hasta que encontró un cortador de queso con un mango de madera. Regresó corriendo a la cocina, con el cortador en la mano. "¡Aquí está!", dijo Pepito, mostrando la herramienta al ratón. "Con esto podremos cortar el queso." El ratón, emocionado, dio saltitos de alegría. "¡Oh, gracias, gracias, gracias!", gritó. "¡Eres el niño más amable del mundo!" Pepito colocó el queso en la mesa y, con mucho cuidado, usó el cortador para hacer un pequeño trozo. Se lo ofreció al ratón. El ratón lo agarró con sus pequeñas manos y lo mordisqueó con gusto. "¡Mmm, delicioso!", exclamó. "¡Muchísimas gracias! Me llamo Tito." "Yo soy Pepito", respondió Pepito, sonriendo. "Y estos son Pancho y Luna." Pancho movió la cola y Luna ronroneó suavemente. Tito, el ratón, les dio una pequeña reverencia a Pancho y Luna. A partir de ese día, Tito visitaba a Pepito todos los días. Jugaban juntos en el jardín, compartían secretos y, por supuesto, ¡comían queso! Pepito aprendió que no hay que juzgar a nadie por su apariencia, y que incluso los ratones pueden ser grandes amigos. Un día, Tito le contó a Pepito que su familia vivía debajo del gran roble en el parque. Pepito, Pancho y Luna decidieron visitar a la familia de Tito. Cuando llegaron al parque, Tito los guio hasta el gran roble. Allí, en la base del árbol, había una pequeña puerta. Tito llamó a la puerta. Una ratona, con un delantal y un gorro de cocina, abrió la puerta. "¡Tito, hijo mío!", exclamó la ratona, abrazando a Tito. "¿Quiénes son tus amigos?" "Mamá, ellos son Pepito, Pancho y Luna", dijo Tito. "Son mis mejores amigos." La ratona invitó a Pepito, Pancho y Luna a entrar. La casa de los ratones era pequeña pero muy acogedora. Había pequeños muebles de madera, cuadros hechos con hojas secas y un olor delicioso a pastel de queso. Pepito, Pancho y Luna pasaron una tarde maravillosa con la familia de Tito. Jugaron a las cartas, comieron pastel de queso y contaron historias. Cuando llegó la hora de irse, la ratona le dio a Pepito un pequeño regalo: un saquito lleno de semillas de girasol. "Para que plantes en tu jardín", dijo la ratona. "Así siempre tendrás algo para compartir con Tito." Pepito regresó a casa muy contento. Plantó las semillas de girasol en su jardín y esperó pacientemente a que crecieran. Pronto, el jardín se llenó de hermosos girasoles, altos y amarillos. Pepito compartía las semillas con Tito y con todos los pájaros del vecindario. Y así, la amistad entre Pepito y Tito, el ratón del ñaca, floreció como un girasol en primavera, llenando de alegría la casa de Pepito.
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