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Gratis · elegí una vozEn un bosque lejano, vivía un monstruo llamado Gruñón. No es que Gruñón fuera *realmente* un monstruo, más allá de su apariencia un poco peluda y sus cejas permanentemente fruncidas. Su verdadero problema eran las palabras. Gruñón tenía una boca… ¡vaya boca! Pero en lugar de usarla para cantar canciones bonitas o contar historias divertidas, la usaba para… bueno, para decir cosas *muy* feas. No vamos a repetirlas aquí, porque son palabras que no queremos ni siquiera pensar. Digamos que Gruñón era un campeón en decir *groserías*.
Un día, Gruñón se despertó con el pie izquierdo. Bueno, en realidad, siempre se despertaba con el pie izquierdo. Se levantó refunfuñando, tropezó con una piedra y, ¡boom!, la soltó: “¡[GROSERÍA] de piedra!” El eco resonó por todo el bosque, asustando a un grupo de conejitos que jugaban a las escondidas. Los conejitos, con sus naricitas temblorosas, corrieron a esconderse detrás de un árbol.
Gruñón, sin inmutarse, siguió su camino, dejando un rastro de palabras feas a su paso. Se encontró con una ardilla que intentaba enterrar una nuez. La ardilla, asustada por la llegada de Gruñón, dejó caer la nuez. “¡[GROSERÍA] de ardilla torpe!”, gritó Gruñón. La ardilla, con los ojos llenos de lágrimas, huyó hacia la copa de un árbol.
El bosque, que antes era un lugar alegre y lleno de vida, se había vuelto silencioso y sombrío. Los pajaritos dejaron de cantar, las flores dejaron de florecer y hasta el sol parecía esconderse detrás de las nubes. Todos le tenían miedo a Gruñón y a sus horribles palabras.
Un día, una pequeña hada llamada Lila, que siempre había amado el bosque, decidió que ya era suficiente. Lila era pequeña, pero tenía un corazón grande y una varita mágica aún más grande. Se acercó a Gruñón, que estaba sentado bajo un árbol, refunfuñando sobre lo aburrido que era el día.
“¡Hola, Gruñón!”, dijo Lila con una voz dulce como la miel.
Gruñón, sorprendido de que alguien se le acercara, la miró con desconfianza. “¿Qué quieres, pequeña [GROSERÍA]?”, gruñó.
Lila no se inmutó por la grosería. “Quiero ayudarte”, respondió. “Sé que no eres *realmente* malo. Solo necesitas aprender a usar tus palabras de una manera diferente”.
Gruñón se echó a reír. “¿En serio? ¿Y cómo se supone que voy a hacer eso? ¡Las palabras feas son las únicas que conozco!”.
Lila sonrió. “Te voy a enseñar algunas palabras mágicas”, dijo. “Palabras que tienen el poder de alegrar a la gente, de hacerlos sentir bien”.
Gruñón arqueó una ceja. “¿Palabras mágicas? Suena a tontería”.
“No lo sabrás hasta que lo intentes”, insistió Lila. “La primera palabra mágica es ‘Por favor’”.
Gruñón repitió la palabra con torpeza. “Por… favor”.
“Muy bien”, dijo Lila. “Ahora, la segunda palabra mágica es ‘Gracias’”.
Gruñón repitió de nuevo, esta vez con un poco más de confianza. “Gracias”.
Lila continuó enseñándole a Gruñón otras palabras mágicas: “Lo siento”, “De nada”, “Buenos días”, “Buenas noches”. Al principio, a Gruñón le costó mucho. Se equivocaba, se trababa con la lengua y a veces, sin querer, soltaba alguna que otra grosería. Pero Lila era paciente y amable, y poco a poco, Gruñón empezó a mejorar.
Un día, Gruñón tropezó con la misma piedra con la que se había tropezado al principio de la historia. Pero esta vez, en lugar de soltar una grosería, dijo: “¡Ay! Por favor, piedra, no me hagas tropezar de nuevo”.
Para su sorpresa, la piedra pareció moverse ligeramente hacia un lado, como si se estuviera disculpando. Gruñón sonrió. Tal vez, pensó, estas palabras mágicas realmente funcionaban.
Continuó caminando por el bosque, practicando las palabras mágicas. Se encontró con la misma ardilla que había asustado antes. Esta vez, en lugar de gritarle, le dijo: “Buenos días, ardilla. Lo siento por haberte asustado antes”.
La ardilla, al principio cautelosa, se acercó a Gruñón. “Buenos días”, respondió tímidamente.
Gruñón le ofreció una nuez. “Aquí tienes. De nada”, dijo.
La ardilla tomó la nuez y le dio las gracias. Gruñón sintió una calidez en su corazón que nunca había sentido antes.
A partir de ese día, Gruñón se esforzó por usar las palabras mágicas en cada interacción. Poco a poco, el bosque empezó a cambiar. Los pajaritos volvieron a cantar, las flores volvieron a florecer y el sol volvió a brillar. La gente ya no le tenía miedo a Gruñón. De hecho, ¡empezaron a acercarse a él!
Gruñón se dio cuenta de que las palabras mágicas no solo hacían felices a los demás, sino que también lo hacían feliz a él. Había descubierto que ser amable y considerado era mucho más gratificante que ser gruñón y maleducado. Y aunque a veces todavía se le escapaba alguna que otra palabra no tan mágica, siempre se esforzaba por corregirse y usar las palabras correctas. Al final, Gruñón aprendió que las palabras tienen poder, y que el poder de las palabras mágicas es mucho mayor que el de las groserías. Y así, el monstruo gruñón se convirtió en el amigo Gruñón, el guardián del bosque que siempre tenía una palabra amable para ofrecer.
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