El Secreto Susurrado de La Matuna

A partir de: “La lengua de los colibríes” En la vastedad del tiempo, cuando el mar aún susurraba en dialecto tayrona y la Sierra se cubría de niebla sagrada, una niña nació entre el rumor del río y el canto de los árboles. Le llamaron La Matuna, como se nombra a lo que florece distinto pero con raíz profunda. Era hija de Juan de Buenaventura, un joven marinero de Castilla, y de Naia, la hija del cacique de Saturna, la tierra de la nieve. Juan había sido dejado atrás, o tal vez entregado al destino, por Alonso de Ojeda, en el primer contacto con las tierras de este lado del mundo. Mientras sus compañeros volvían a sus barcos, él quedó en la montaña, con un cuenco de barro en las manos y un nuevo nombre en la boca: Yatama, “el que escucha con el corazón”. Aprendió la lengua de los colibríes, como llamaban los ancianos al habla de su pueblo, porque cada palabra era un vuelo, una semilla que se ofrecía al viento para ser entendida. Aprendió a tejer pensamientos con sonidos suaves, a hablar con los ojos, a nombrar lo invisible. Y entonces vino el amor. No un amor de conquista ni de dominio, sino uno que florece en el respeto y en la complicidad. Naia no hablaba su lengua, y él no hablaba la suya. Pero ambos hablaban el idioma de las manos, de la risa, del silencio compartido en las tardes de lluvia. Fue así como nació La Matuna, mitad luna, mitad tierra. Tenía los ojos del mar y la piel del atardecer. Caminaba como si los colibríes danzaran a su paso, y los abuelos decían que sería puente entre mundos. Pero el viento cambió. Corría el año de 1514 cuando la bota dura del conquistador volvió a marcar los senderos. Llegaron Pedrarias Dávila y Gonzalo Fernández de Oviedo, buscando oro, poder y nombres para las cosas que ya tenían nombre. La Matuna, ya mujer, fue tomada a la fuerza mientras recolectaba achiote cerca del cerro donde hoy se alza el barrio Libertador. La arrastraron por senderos desconocidos hacia El Darién, como si fuera un botín y no un alma. Durante el viaje, La Matuna no pronunció palabra. Los soldados pensaron que era muda o embrujada, pero no entendían que ella hablaba con los vientos, con los árboles, con los silencios. No entendían que su idioma no se podía obligar, porque era un don, no una mercancía. En la casa de piedra de El Darién, La Matuna enfermó. Los cronistas dijeron que fue fiebre, pero los viejos sabios aún cuentan que fue el desarraigo. La muerte la encontró envuelta en su manta, mirando hacia el norte, donde su tierra la esperaba. En su último suspiro, murmuró algo en lengua tayrona. Un soldado, que había aprendido algunas palabras, entendió: “Sin lengua, no hay raíz.” Muchos años después, en las aulas y en los libros, algunos la recordarían como una leyenda o una nota de pie de página. Pero en los cerros de Santa Marta, cuando el viento sopla desde la Sierra, todavía puede oírse el eco de su voz, mezclada con el aleteo de los colibríes. me lo puedes hacer lustrado en dos paginas en español.

La Matuna, hija de un español y una indígena tayrona, nace como puente entre dos mundos. Tras ser capturada por los conquistadores, se niega a hablar su lengua y muere de tristeza. Su historia resuena en la Sierra Nevada, recordando la importancia de preservar la lengua y las raíces.

En los tiempos antiguos, cuando el mar contaba cuentos en idioma tayrona y la Sierra Nevada se escondía en una niebla mágica, nació una niña. La llamaron La Matuna, un nombre que significaba "aquello que florece diferente, pero con raíces profundas". Su padre era Juan de Buenaventura, un marinero español, y su madre, Naia, era la hija del jefe de Saturna, la tierra de la nieve. Juan había sido dejado atrás por Alonso de Ojeda, durante su primer viaje a estas tierras. Mientras los otros marineros regresaban a sus barcos, Juan se quedó en la montaña, con un cuenco de barro y un nuevo nombre: Yatama, "el que escucha con el corazón". Yatama aprendió la lengua de los colibríes, como los ancianos llamaban al idioma de su nuevo pueblo. Cada palabra era como un vuelo, una semilla que el viento llevaba para ser comprendida. Aprendió a tejer ideas con sonidos suaves, a hablar con los ojos y a nombrar lo que no se veía. Entonces llegó el amor. No un amor de conquista, sino un amor que crecía con respeto y alegría. Naia no hablaba español, y Yatama no hablaba tayrona. Pero ambos conocían el lenguaje de las manos, de las risas, y del silencio compartido bajo la lluvia. Así nació La Matuna, mitad luna, mitad tierra. La Matuna tenía ojos del color del mar y la piel del atardecer. Caminaba como si los colibríes bailaran a su alrededor. Los abuelos decían que ella sería un puente entre dos mundos. A La Matuna le encantaba explorar la Sierra Nevada. Subía a las cascadas, jugaba con los micos titíes y escuchaba los cuentos que le contaba su abuela Naia sobre los espíritus de la montaña. Un día, mientras La Matuna jugaba cerca del río, encontró una pluma de colibrí brillante. La pluma era de todos los colores del arcoíris, y La Matuna sintió una conexión especial con ella. Decidió guardarla como un tesoro. Pero el viento cambió. En 1514, los conquistadores regresaron, buscando oro y poder. Pedrarias Dávila y Gonzalo Fernández de Oviedo llegaron a la tierra de La Matuna, buscando nombres para las cosas que ya tenían nombre. Un día, mientras La Matuna recolectaba achiote cerca del cerro, fue capturada por los soldados. La llevaron a la fuerza hacia El Darién, como si fuera un objeto y no una persona. Durante el largo viaje, La Matuna no dijo ni una palabra. Los soldados pensaron que era muda o que estaba hechizada, pero no entendían que ella hablaba con el viento, con los árboles, y con el silencio. No comprendían que su idioma era un regalo, no algo que se podía robar. En la casa de piedra de El Darién, La Matuna se enfermó. Los cronistas escribieron que tenía fiebre, pero los ancianos sabios sabían que era la tristeza de estar lejos de su hogar. La muerte la encontró envuelta en su manta, mirando hacia el norte, hacia su tierra. En su último aliento, susurró algo en lengua tayrona. Un soldado, que había aprendido algunas palabras, entendió: "Sin lengua, no hay raíz." Después de la muerte de La Matuna, el soldado que entendió sus últimas palabras sintió mucha tristeza. Recordó la belleza de la Sierra Nevada y la alegría en los ojos de La Matuna. Decidió que debía hacer algo para honrar su memoria. El soldado, cuyo nombre era Rodrigo, regresó a España. Allí, contó la historia de La Matuna a todos los que quisieran escuchar. Les habló de la belleza de la lengua tayrona y de la importancia de respetar las culturas indígenas. Rodrigo también escribió un libro sobre sus experiencias en la Sierra Nevada, donde incluyó poemas y canciones en lengua tayrona. Muchos años después, en las escuelas y en los libros, La Matuna fue recordada como una leyenda, o una nota al pie de página. Pero en los cerros de Santa Marta, cuando el viento sopla desde la Sierra, todavía se escucha el eco de su voz, mezclada con el aleteo de los colibríes. Los niños de la Sierra Nevada todavía buscan plumas de colibrí brillantes, recordando la historia de La Matuna y su amor por su tierra y su lengua. Y cuando encuentran una, saben que es un mensaje de La Matuna, recordándoles que cuiden su idioma y sus raíces, porque en ellas reside su verdadera fuerza y belleza.

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Publicado el 14/04/2026

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