Kirrara: Mi Hermana Peluda
Román, un niño de 9 años, siempre ha deseado tener un hermano, pero la enfermedad de su madre lo impide. Un día, su padre le sorprende con una perrita negra llamada Kirrara, quien se convierte en su mejor amiga y compañera de aventuras. Juntos aprenden sobre el amor, la lealtad y el valor de la familia.

¡Hola! Me llamo Román y tengo 9 años. Nací el 3 de noviembre del 2015. Crecí en Monterrey, Casanare, al lado de mis padres, los seres más amables y amorosos del mundo. Y esta es mi historia… Desde que nací y crecí, hasta donde tengo memoria, he querido un hermano. Pero es imposible. Mi mamá tiene una enfermedad que no tiene cura y no puede tener más hijos. Siempre me sentí un poquito solo. Hasta que cumplí los 9. Recuerdo ese día como si fuera ayer. Una mañana, mientras jugaba con mi pista de carros Hot Wheels, haciendo carreras imaginarias con mis autos favoritos, mi papá entró al cuarto. Estaba muy misterioso. Me miró con una sonrisa de oreja a oreja y me dijo: "¡Ya vengo! Voy a traer algo." Yo me quedé intrigado. ¿Qué sería? ¿Un nuevo carro para mi colección? ¿Un robot que caminaba solo? ¡Estaba lleno de emoción! Después de unos minutos que parecieron una eternidad, mi papá regresó. Traía algo escondido detrás de su espalda. ¡Era una sorpresa! Primero, sacó un collar brillante y una bolsa de comida para perros. Luego, finalmente, ¡apareció ella! Era una perrita de color negro azabache, con una cola delgada que no paraba de moverse y unos ojos manipuladores que me derritieron en el instante en que la vi. Me quedé sin palabras. Nunca había visto algo tan adorable. Mi corazón dio un vuelco. En voz baja, casi en un susurro, dije: "La voy a amar como al hermano que tanto anhelé." Decidimos llamarla Kirrara. Me encantaba ese nombre, sonaba mágico y aventurero, justo como imaginaba que sería nuestra vida juntos. De inmediato, destapé la comida y le ofrecí croquetas y arroz. También le puse agua fresca en un tazón. ¡Se lo comió todo en un abrir y cerrar de ojos! Parecía que tenía mucha hambre. Desde ese día, ya no me sentí solo. Kirrara se convirtió en mi mejor amiga, mi compañera de juegos, mi hermana peluda. Hemos vivido muchas aventuras juntos. Jugábamos en el parque, corríamos en el jardín, le enseñaba trucos y ella me daba lamidas llenas de cariño. Era la perrita más juguetona y leal del mundo. Un día, Kirrara se salió para la calle y no nos dimos cuenta. Estábamos tan ocupados jugando que no la vimos salir. Cuando la buscamos por toda la casa y no la encontramos, nos asustamos mucho. Salimos con mis papás a buscarla por todo el vecindario. La llamábamos a gritos: "¡Kirrara! ¡Kirrara! ¿Dónde estás?" Finalmente, la encontramos en la calle. ¡La habían arañado! ¡Un gato callejero le había hecho una herida en su patita! Mis papás la regañaron por escaparse, aunque yo sabía que no lo había hecho a propósito. Ella solo quería explorar el mundo. Kirrara se fue para su camita muy triste. Se lamió la herida una y otra vez. Yo me sentí culpable por no haberla cuidado mejor. Otro día, mientras jugábamos en el jardín, alguien la asustó con un cuchillo. No sé quién fue ni por qué lo hizo, pero Kirrara se asustó muchísimo y se escondió debajo de la mesa. Se lamió la herida con cuidado, como si supiera que eso la curaría. Al día siguiente, ¡la herida ya se había curado casi por completo! ¡Kirrara era muy fuerte! Otro día, a Kirrara se le cayó un diente. Estaba cambiando los dientes de leche por los dientes de adulto. Mordía mucho todo lo que encontraba y le sangraba la encía por donde se le había caído el diente. Yo me preocupé mucho, pero mi papá me explicó que era normal y que pronto le saldría un diente nuevo. Al final, le salieron dientes fuertes y brillantes. Ya no mordía tanto, pero seguía siendo muy juguetona. Kirrara era más que una mascota. Era mi familia. Era la hermana que siempre había querido. Y aunque a veces nos peleábamos por los juguetes o por quién se sentaba en el mejor lugar del sofá, siempre nos amábamos incondicionalmente. Con Kirrara aprendí el valor de la amistad, la lealtad y el amor incondicional. Aprendí que la familia no siempre tiene que ser de sangre, sino que también puede estar formada por un perrito negro con ojos manipuladores y una cola que no para de moverse. Y estoy seguro de que nuestras aventuras apenas están comenzando. Ahora, Kirrara está roncando a mis pies mientras escribo esta historia. Y yo sé que, pase lo que pase, siempre tendré a mi hermana peluda a mi lado. FIN
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