Xime y la Risa Perdida de Yos
Xime, a special girl who can capture laughter in a magic jar, meets Yos, a boy who has forgotten how to laugh. She guides him through stories and memories until he finally bursts into laughter. Xime decides not to keep his laughter, but instead, shares it with him and the world.

Xime era una niña muy especial. Tenía un secreto brillante y burbujeante: un frasco mágico que podía llenar con las risas de los demás. Cada vez que escuchaba una risa contagiosa, abría su frasco y, ¡puf!, la risa volaba dentro, quedando atrapada como una luciérnaga dorada. Tenía risas de abuelos contando chistes viejos, de bebés haciendo burbujas con saliva, y de perros persiguiendo sus colas. Su colección era un tesoro. Un día, mientras jugaba en el parque, Xime vio a un niño sentado solo en un columpio, con la mirada perdida. Se llamaba Yos, y parecía más triste que una nube gris. Xime, curiosa y compasiva, se acercó. "Hola," dijo Xime, con su voz dulce como miel. "¿Por qué estás tan triste?" Yos suspiró. "Olvidé cómo reír," murmuró. "Ya no me acuerdo qué se siente." Xime sintió un vuelco en el corazón. ¿Cómo podía alguien olvidar cómo reír? Era como olvidar cómo respirar. Decidió que tenía que ayudarlo. "No te preocupes, Yos," dijo con determinación. "Yo te ayudaré a recordar." Xime sacó su frasco mágico, que brillaba suavemente. "Tengo muchas risas aquí. Tal vez alguna te ayude." Abrió el frasco un poquito, y un murmullo de risas escapó, llenando el aire. Pero Yos permaneció inmutable. "Son bonitas," dijo Yos, "pero no son mías." Xime pensó un momento. Sabía que la risa de Yos no estaba en su frasco. Tenía que encontrarla en su interior. "Ven conmigo," dijo, tomando la mano de Yos. "Vamos a buscar tu risa perdida." Primero, lo llevó a la heladería. Xime recordó que la primera vez que probó helado de fresa, se había reído tanto que se le salió por la nariz. Le compró a Yos un helado de fresa gigante, con chispas de colores. Yos lo probó con cautela, pero solo hizo una mueca. "¿No te gusta?" preguntó Xime, preocupada. "Está rico," dijo Yos, "pero no me hace reír." Luego, Xime llevó a Yos al museo de historia natural. Le mostró esqueletos de dinosaurios gigantes y mariposas de colores brillantes. Le contó historias de exploradores intrépidos y animales extraños. Pero Yos seguía sin reír. "Tal vez," dijo Xime, "necesitamos recordar algo divertido que te haya pasado." Xime le preguntó a Yos sobre su familia, sus amigos, sus mascotas. Le preguntó sobre sus juegos favoritos, sus libros, sus películas. Poco a poco, Yos comenzó a recordar. Habló de su perro, Max, que siempre le robaba los calcetines. Habló de su abuela, que contaba chistes malos que eran muy graciosos. Habló de la vez que se cayó de la bicicleta y aterrizó en un charco de barro. Mientras Yos hablaba de su perro Max, recordó la vez que Max intentó enterrar un hueso en su zapato. La imagen era tan absurda que una pequeña sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro. Xime lo animó a seguir hablando. "Y luego," dijo Yos, "Max me miró con esos ojos de cachorro arrepentido, ¡y tenía barro en la nariz!" Y de repente, sucedió. Una pequeña risita escapó de los labios de Yos. Al principio, fue tímida y vacilante, como un pajarito aprendiendo a volar. Pero luego, se hizo más fuerte, más segura, hasta convertirse en una sonora carcajada. Yos se reía con todo su cuerpo, con los ojos brillantes y las mejillas rojas. Xime sintió una alegría inmensa. Su corazón latía con fuerza. Abrió su frasco mágico, lista para capturar la risa de Yos. Pero entonces, dudó. La risa de Yos era diferente a todas las demás. Era especial, era única, era… perfecta. En lugar de guardar la risa en su frasco, Xime decidió compartirla. Se unió a la risa de Yos, riendo con él hasta que les dolieron las barrigas. Las risas de ambos resonaron en el parque, contagiando a todos los que pasaban por allí. Cuando la risa finalmente amainó, Xime le dijo a Yos: "Tu risa es la más hermosa que he escuchado. No quiero guardarla en mi frasco. Quiero recordarla siempre, y quiero seguir riendo contigo." Yos sonrió. "Yo también," dijo. "Gracias, Xime, por ayudarme a encontrar mi risa perdida." Desde ese día, Xime y Yos se hicieron los mejores amigos. Y cada vez que se reunían, recordaban la historia de la risa perdida y la risa encontrada, y volvían a reír juntos, creando nuevas risas para compartir con el mundo.
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