
En el corazón verde y mágico del Wallmapu, donde los árboles son tan altos que las nubes les piden permiso para pasar, vivía el pequeño Antü. Antü no era un ciervo cualquiera, era un pudú tan chiquitito que a veces los escarabajos lo confundían con una piedra cómoda para tomar una siesta. Era un bicho curioso, con ojos brillantes como dos canicas de chocolate y unas patitas cortas que siempre querían estar en tres lugares al mismo tiempo. Lo que más amaba en el mundo, además de las caricias de su mamá, era su manto especial de siete hojas verdes que lo hacían sentir como el gran superhéroe del bosque. Esa mañana, Antü saltó de su cama de musgo con tanta fuerza que casi termina metido dentro de un nido de pájaros por accidente, riendo mientras intentaba contar sus hojas una por una para asegurarse de que ninguna se hubiera ido de vacaciones durante la noche.
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