El Rey malo
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El Rey malo

El rey malo y el gobernante tibio Había una vez un hombre que vivía solo en una ciudad pequeña. Cada domingo iba a la iglesia y, durante la semana, trabajaba en su oficina. La gente lo veía pasar y siempre lo saludaba con afecto. Era un vecino conocido, correcto y amable. Un día, un grupo de personas llegadas de otro lugar observó aquella ciudad, sus tierras y sus barrios, y vio en ella la oportunidad de gobernar. Pero había un problema: necesitaban que alguien del lugar encabezara ese proyecto. Entonces llamaron a aquel hombre. Sí, al mismo que cada día saludaba a sus vecinos y era saludado con cariño. Él aceptó. Pensó que era la oportunidad de hacer algo más por su ciudad, de dejar un legado. Lo que no sabía era que, entre aquellas personas, había un joven servidor enviado por el rey malo. Después de una larga campaña, llena de esfuerzos y dificultades, lograron su objetivo: llegaron al gobierno. —¿Y ahora? ¿Por dónde empezamos? —se preguntó el nuevo gobernante. —Hay que trabajar. No tenemos tiempo para recibir vecinos ni para recorrer los barrios. Hay que diseñar proyectos, hacer planes, mostrar gestión —le respondieron. Desde ese día, quien quisiera hablar con el gobernante debía presentar una nota... y esperar. Esperar una respuesta que casi nunca llegaba. Mientras tanto, en los pasillos se escuchaban voces. —Mi hijo tiene hambre. —Mi mamá está enferma. —Las luces de mi calle no funcionan y vivo sola. —Necesito trabajar. Pero del otro lado solo había silencio. Los vecinos regresaban a sus casas con una tristeza difícil de explicar. No era solo la falta de respuestas; era el dolor de no sentirse escuchados, de no ser importantes para quienes debían representarlos. Y ese dolor, cuando se repite todos los días, termina dejando huellas profundas. El gobernante comenzó su gestión arreglando las calles. Empezó por las que estaban más cerca de su casa, de su barrio. Allí estaban puestos sus ojos, mientras el resto de la ciudad seguía esperando. Hasta que un día, el rey malo visitó la pequeña ciudad. Observó que su enviado ya había cumplido la primera parte del plan, sembrar un veneno silencioso que fue apagando los sueños de muchos jovenes, y empezó por los barrios más alejados. Era el momento de dar el siguiente paso. —Aquí construiremos una carcel —ordenó el rey. —Pero, señor rey, la gente no va a querer una carcel —respondieron. El rey sonrió. —Entonces díganles que construiremos una escuela. Anuncien que arreglaremos plazas, pavimentaremos calles y haremos obras. Que miren hacia allí. Mientras tanto, nadie verá la cárcel. Porque el verdadero objetivo del rey no era la escuela, ni las plazas, ni las calles. Necesitaba esa cárcel para demostrar poder. Para decir que luchaba contra los malos. Pero nadie se animaba a preguntar quién protegería al pueblo del propio rey. Y el gobernante aceptó. Con el paso del tiempo, los vecinos ya no lo saludaban como antes. Las sonrisas desaparecieron. En su lugar quedaron la decepción, la desconfianza y una pregunta que nadie lograba responder. ¿Por qué? El rey volvió a hablarle. —Tienes que seguir gobernando. Ve a los barrios. Habla con la gente. Pídeles que te acompañen. El gobernante bajó la cabeza. —Ya no quieren hacerlo. Los dejé solos cuando más me necesitaban. No los escuché. No los defendí frente a tu decisión. Elegí el silencio cuando debía tener coraje. Y así, casi sin darse cuenta, aquella ciudad que alguna vez había sido un lugar tranquilo y querido empezó a cambiar. No cambió de un día para otro. Cambió cada vez que el poder fue más importante que las personas. Cambió cada vez que el silencio reemplazó a la escucha. Cambió cada vez que el miedo venció al coraje. Y así fue como el rey malo y el gobernante tibio dejaron su legado. No el que habían prometido. Sino una ciudad distinta. Una ciudad que ya no era la que sus habitantes soñaban. Una ciudad que, poco a poco, dejó de parecerse a sí misma.

by MerryRobin27

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