
El desierto de Chao era un lugar inmenso donde el sol brillaba con una fuerza increíble cada mañana. Bajo ese cielo azul profundo vivía un animal que todos conocían bien: el Zorro. Era un Zorro de pelaje rojizo, orejas puntiagudas y una mirada muy, muy feroz que asustaba a los pájaros. El Zorro no tenía muchos amigos porque era conocido por ser un poco malo y bastante gruñón con los demás. Siempre caminaba solo, presumiendo de sus colmillos afilados y de su paso firme sobre la arena caliente. Aquel día, el calor era tan intenso que las piedras parecían sudar y el aire vibraba como si estuviera bailando. El Zorro sentía una sed terrible que le quemaba la garganta como si tuviera brasas dentro. Sus ojos amarillos buscaban desesperadamente cualquier rastro de humedad entre las dunas gigantescas que se extendían hasta el horizonte. Corría veloz, levantando nubes de polvo dorado a su paso, pensando únicamente en encontrar un arroyo para beber él solo. No quería compartir ni una gota con nadie, pues su corazón era tan duro como las rocas que saltaba con agilidad. El hambre y la sed lo hacían lucir aún más feroz mientras gruñía bajito, quejándose del clima tan pesado del desierto.
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