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Gratis · elegí una vozArcoíris, ¡qué nombre tan bonito! Su mamá se lo puso porque ella era como un arcoíris después de la lluvia: llena de energía, color y alegría. A Arcoíris le encantaba jugar en el parque, especialmente en el jardín lleno de flores de todos los colores. Allí conocía a muchos niños, pero hoy, vio a un niño nuevo. Estaba sentado solito en un banco, mirando al suelo.
Arcoíris, con su cabello brillante como el sol y sus ojos curiosos, se acercó. "¡Hola!", dijo con una sonrisa que podía iluminar toda la plaza. "Soy Arcoíris, ¿y tú?".
El niño levantó la cabeza tímidamente. Tenía unas gafas grandes y sus orejas parecían un poco diferentes a las de los demás niños. "Hola", murmuró. "Me llamo Leo".
"¡Qué bonito nombre!", exclamó Arcoíris. "¿Quieres jugar conmigo? Estamos haciendo un castillo de arena gigante".
Leo dudó un momento. "No sé… soy un poco torpe", dijo, mirando sus manos.
Arcoíris se sentó junto a él en el banco. "¡Tonterías! Todos somos torpes a veces. Yo misma me caigo a cada rato cuando corro muy rápido. Lo importante es levantarse y seguir jugando. Además, construir un castillo gigante necesita mucha imaginación y… ¡manos creativas! Seguro que las tuyas son perfectas para esto".
Leo sonrió un poquito. "Creo que sí sé hacer torres altas", dijo.
"¡Perfecto! Entonces eres justo lo que necesitamos", dijo Arcoíris, tomándole la mano. Juntos, caminaron hacia el arenero donde otros niños jugaban.
Allí estaban Sofía, que tenía una pierna que a veces necesitaba un apoyo especial para caminar, y Mateo, que hablaba un poco diferente porque a veces le costaba encontrar las palabras correctas. Arcoíris los presentó a Leo. "Chicos, este es Leo. ¡Es un experto en torres altas!".
Sofía y Mateo saludaron a Leo con entusiasmo. Al principio, Leo se sentía un poco nervioso. Le daba miedo no encajar, que los demás niños se rieran de sus gafas o de sus orejas. Pero Arcoíris, con su alegría contagiosa, lo hizo sentir bienvenido.
Comenzaron a construir el castillo. Leo, efectivamente, era muy bueno haciendo torres. Sofía decoraba los muros con conchas y piedras brillantes. Mateo, con mucha paciencia, hacía caminos de arena que unían las diferentes partes del castillo. Arcoíris, por supuesto, era la encargada de animar a todos y asegurarse de que nadie se sintiera excluido.
A veces, a Leo le costaba entender las instrucciones de Mateo, y Mateo se frustraba un poco. Pero Arcoíris les recordaba que cada uno tenía su propio ritmo y que lo importante era ayudarse mutuamente. "Mateo, ¿por qué no le muestras a Leo lo que quieres decir con las manos?", sugirió.
Mateo asintió y le mostró a Leo cómo quería que fuera el camino. Leo lo entendió enseguida. Juntos, trabajaron en el camino, riendo y compartiendo ideas.
También, a veces Sofía se cansaba de estar sentada y necesitaba descansar la pierna. Arcoíris y Leo se turnaban para traerle agua fresca y contarle chistes para que se sintiera mejor.
Mientras construían el castillo, Arcoíris les contó una historia sobre un jardín mágico donde todas las flores eran diferentes. Algunas eran altas, otras bajas, algunas tenían pétalos lisos y otras pétalos rugosos. Pero todas eran hermosas a su manera y todas se querían mucho. "Este jardín", dijo Arcoíris, "se llama el Jardín de las Sonrisas Diferentes. Y nosotros, ¡somos las flores de este jardín!".
Los niños sonrieron. Se dieron cuenta de que Arcoíris tenía razón. No importaba si uno era torpe, o si necesitaba un apoyo para caminar, o si hablaba diferente. Lo importante era que todos eran amigos y que se querían tal como eran.
Cuando terminaron de construir el castillo, era enorme y precioso. Tenía torres altas, muros decorados, caminos sinuosos y, sobre todo, ¡estaba lleno de alegría y amistad!. Se sentaron alrededor del castillo, orgullosos de lo que habían logrado juntos.
Leo ya no se sentía tímido ni asustado. Se sentía feliz de haber conocido a Arcoíris, a Sofía y a Mateo. Había descubierto que ser diferente no era algo malo, sino algo especial. Había encontrado su lugar en el Jardín de las Sonrisas Diferentes.
El sol comenzó a ponerse, pintando el cielo con colores naranjas y rosados. Era hora de irse a casa. Arcoíris abrazó a sus nuevos amigos. "¡Mañana nos vemos para seguir jugando en el Jardín de las Sonrisas Diferentes!", dijo.
Leo asintió con entusiasmo. "¡Sí! ¡Y yo traeré mis herramientas para hacer torres aún más altas!".
Al día siguiente, Arcoíris, Sofía, Mateo y Leo volvieron a encontrarse en el jardín. Y así, día tras día, siguieron jugando, riendo y aprendiendo juntos, celebrando sus diferencias y construyendo un mundo donde todos se sintieran bienvenidos y amados.
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