¡Dago, el Explorador Travieso!
Dago, un niño de cuatro años, se escapa de su casa siguiendo una mariquita y termina en un autobús escolar que lo lleva al zoológico. Después de un susto a su abuela, Dago aprende la importancia de la seguridad y la responsabilidad, y decide explorar el mundo con ella.

Dago tenía cuatro años y un espíritu aventurero que no cabía en su pequeño cuerpo. Sus ojos, dos brillantes aceitunas, siempre brillaban con una chispa de curiosidad... y un poco de travesura. Vivía con sus abuelos en una casita llena de libros y juguetes, pero a Dago le interesaba más el mundo que había afuera. Un día, mientras su abuela regaba las flores, Dago vio una mariquita roja brillante en una hoja de lechuga. La mariquita se elevó en el aire y Dago, impulsado por una fuerza invisible, la siguió. La mariquita voló por encima de la cerca del jardín, hacia el parque. Dago, gateando primero y luego corriendo con sus pequeñas piernas, la siguió sin pensarlo dos veces. En el parque, la mariquita aterrizó en el pétalo de una rosa gigante. Dago, maravillado, intentó tocarla, pero la mariquita alzó el vuelo de nuevo. Esta vez, voló hacia un autobús escolar amarillo estacionado en la calle. El autobús estaba lleno de niños cantando. Dago, impulsado por la curiosidad, subió los escalones y se sentó en un asiento vacío. El autobús arrancó. Dago, demasiado pequeño para abrocharse el cinturón, se aferró al asiento con todas sus fuerzas. El autobús lo llevó por calles que nunca había visto, pasando por tiendas brillantes y casas altas. Los niños cantaban canciones que él no conocía, pero él sonreía feliz, observando el mundo pasar por la ventana. Finalmente, el autobús se detuvo frente a un zoológico. Los niños bajaron corriendo, gritando de emoción. Dago, sin pensarlo dos veces, los siguió. El zoológico era un lugar mágico, lleno de animales extraños y maravillosos. Vio monos columpiándose en los árboles, leones rugiendo en sus jaulas y elefantes gigantes bañándose en un estanque. Dago, perdido en la multitud, se encontró frente al recinto de los pingüinos. Los pingüinos, con sus elegantes trajes blancos y negros, se deslizaban y chapoteaban en el agua. Uno de ellos, particularmente curioso, se acercó al cristal y miró a Dago directamente a los ojos. Dago sonrió y le hizo una reverencia. De repente, escuchó una voz familiar: "¡Dago! ¡Dago, dónde estás?". Era su abuela, con el rostro lleno de preocupación. La abuela, después de buscarlo por todas partes, había alertado a la policía y ahora lo buscaba por el zoológico. Dago corrió hacia su abuela y la abrazó con fuerza. "¡Abuela, vi pingüinos!", exclamó, con los ojos brillantes. La abuela, aliviada de encontrarlo sano y salvo, lo abrazó con fuerza. "Dago, ¡nunca más te vayas sin avisar! Me has dado un susto de muerte", le regañó con cariño. Después de un largo abrazo, la abuela explicó lo preocupada que estaba y lo importante que era avisar a dónde iba. Dago, sintiéndose un poco culpable, prometió no volver a escaparse sin avisar. De vuelta en casa, la abuela le preparó a Dago su plato favorito: macarrones con queso. Mientras comían, Dago le contó a su abuela todas sus aventuras en el autobús y en el zoológico. La abuela escuchó atentamente, sonriendo ante sus relatos. Esa noche, antes de dormir, la abuela le leyó a Dago un cuento sobre un explorador que viajaba por el mundo en busca de tesoros escondidos. Dago, acurrucado en su cama, soñó con aventuras aún más grandes. Soñó con volar en un cohete a la luna, nadar con las ballenas en el océano y explorar selvas llenas de animales exóticos. A la mañana siguiente, Dago se despertó con una nueva idea en la cabeza. Decidió que, aunque le encantaba explorar el mundo, también le encantaba estar en casa con su abuela. Así que, en lugar de escaparse de nuevo, le propuso a su abuela que exploraran el jardín juntos. La abuela, encantada con la idea, aceptó de inmediato. Juntos, exploraron el jardín, descubriendo nuevas flores, insectos y hasta un pequeño nido de pájaros. Dago aprendió los nombres de las plantas y los animales, y la abuela disfrutó de su compañía y su entusiasmo. Desde ese día, Dago siguió siendo un niño aventurero, pero aprendió la importancia de la seguridad y la responsabilidad. Siguió explorando el mundo, pero siempre con la compañía de su abuela y siempre avisando a dónde iba. Y aunque a veces todavía hacía travesuras, siempre lo hacía con una sonrisa y un corazón lleno de amor.
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