El Abismo del Águila Soñadora

El Abismo del Águila Soñadora

Cuento corto para dormir

El Abismo del Águila Soñadora

Mateo, un joven con alas escondidas, es animado por su padre a volar desde el abismo de una montaña. Después de un intento fallido, aprende que necesita asumir riesgos y crear el espacio necesario para que sus alas se desplieguen, logrando finalmente su sueño de volar y inspirando a su pueblo.

A partir de: Ese día, Jorge me esperaba con un cuento. Cuando se hizo mayor, su padre le dijo: “Hijo mío: no todos nacemos con alas. Si bien es cierto que no tienes obligación de volar, creo que sería una pena que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado”. - Pero yo no sé volar – contestó el hijo. - Es verdad… - dijo el padre. Y, caminando, lo llevó hasta el borde del abismo de la montaña. - ¿Ves, hijo? Este es el vacío. Cuando quieras volar vas a venir aquí, vas a tomar aire, vas a saltar al abismo y, extendiendo las alas, volarás. El hijo dudó. - ¿Y si me caigo? - Aunque te caigas, no morirás. Sólo te harás algunos rasguños que te harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre. El hijo volvió al pueblo a ver a sus amigos, a sus compañeros, aquellos con los que había caminado toda su vida. Los más estrechos de mente le dijeron: “¿Estás loco? ¿Para qué? Tu padre está medio loco… ¿Para qué necesitas volar? ¿Por qué no te dejas de tonterías? ¿Quién necesita volar?”. Los mejores amigos le aconsejaron: “¿Y si fuera cierto? ¿No será peligroso? ¿Por qué no empiezas despacio? Prueba a tirarte desde una escalera o desde la copa de un árbol. Pero… ¿desde la cima?”. El joven escuchó el consejo de quienes le querían. Subió a la copa de un árbol y, llenándose de coraje, saltó. Desplegó las alas, las agitó en el aire con todas sus fuerzas pero, desgraciadamente, se precipitó a tierra. Con un gran chichón en la frente, se cruzó con su padre. - ¡Me mentiste! No puedo volar. Lo he probado y ¡mira el golpe que me he dado! No soy como tú. Mis alas sólo son de adorno. - Hijo mío - dijo el padre -. Para volar, hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en paracaídas: necesitas cierta altura antes de saltar. Para volar hay que empezar asumiendo riesgos. Si no quieres, lo mejor quizá sea resignarse y seguir caminando para siempre.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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El Abismo del Águila Soñadora

Ese día, Jorge me esperaba con un cuento. Siempre lo hacía los martes después de la escuela, sentado bajo el gran árbol de mango en su jardín. Este cuento era diferente, lo podía sentir en el brillo de sus ojos.

La historia trataba de un joven llamado Mateo que vivía en un pueblo rodeado de montañas altísimas. Mateo era un chico bueno, trabajador y amado por todos. Pero Mateo tenía un secreto: soñaba con volar. No un vuelo en avión, sino un vuelo real, con alas. Y Mateo, efectivamente, tenía alas. Eran grandes, fuertes y de un color blanco brillante, pero las mantenía escondidas bajo su ropa porque le daba vergüenza. Pensaba que los demás se burlarían de él.

Cuando Mateo se hizo mayor, su padre, un hombre sabio y de mirada profunda, lo llamó a su lado. "Hijo mío", le dijo, "no todos nacemos con alas. Si bien es cierto que no tienes obligación de volar, creo que sería una pena que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado".

"Pero yo no sé volar", contestó Mateo, cabizbajo.

"Es verdad…", dijo el padre. Y, caminando, lo llevó hasta el borde del abismo de la montaña. El viento soplaba fuerte allí arriba, y se podía ver el pueblo como una pequeña maqueta abajo.

"¿Ves, hijo? Este es el vacío. Cuando quieras volar vas a venir aquí, vas a tomar aire, vas a saltar al abismo y, extendiendo las alas, volarás".

Mateo dudó. El abismo era profundo y daba mucho miedo.

"¿Y si me caigo?", preguntó con la voz temblorosa.

"Aunque te caigas, no morirás. Sólo te harás algunos rasguños que te harán más fuerte para el siguiente intento", contestó el padre con una sonrisa tranquila.

Mateo volvió al pueblo a ver a sus amigos, a sus compañeros, aquellos con los que había caminado toda su vida. Les contó lo que su padre le había dicho y lo que le había mostrado.

Los más estrechos de mente le dijeron: "¿Estás loco? ¿Para qué? Tu padre está medio loco… ¿Para qué necesitas volar? ¿Por qué no te dejas de tonterías? ¿Quién necesita volar?". Se reían y lo señalaban con el dedo.

Los mejores amigos le aconsejaron: "¿Y si fuera cierto? ¿No será peligroso? ¿Por qué no empiezas despacio? Prueba a tirarte desde una escalera o desde la copa de un árbol. Pero… ¿desde la cima?". Querían protegerlo, pero también tenían miedo por él.

El joven escuchó el consejo de quienes le querían. Subió a la copa de un árbol, el más alto del pueblo, y llenándose de coraje, saltó. Desplegó las alas, las agitó en el aire con todas sus fuerzas pero, desgraciadamente, se precipitó a tierra. El golpe lo dejó aturdido y dolorido.

Con un gran chichón en la frente, se cruzó con su padre mientras regresaba a casa, derrotado.

"¡Me mentiste!", le gritó Mateo. "No puedo volar. Lo he probado y ¡mira el golpe que me he dado! No soy como tú. Mis alas sólo son de adorno". Estaba furioso y decepcionado.

"Hijo mío", dijo el padre con paciencia. "Para volar, hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. Es como tirarse en paracaídas: necesitas cierta altura antes de saltar. Desde la copa del árbol, tus alas no tenían espacio suficiente para extenderse completamente".

Continuó: "Para volar hay que empezar asumiendo riesgos. El miedo es un pájaro que te impide alzar el vuelo. Si no quieres, lo mejor quizá sea resignarse y seguir caminando para siempre. Pero piensa en todo lo que te perderás".

Mateo se quedó pensando en las palabras de su padre. Sabía que tenía razón. Tenía miedo, claro que lo tenía, pero también tenía un deseo inmenso de volar. Decidió volver al abismo.

Esta vez, no dudó. Respiró hondo, sintió el viento en su cara, y saltó. Sintió el vacío bajo sus pies, el miedo intentando paralizarlo, pero esta vez, no se rindió. Extendió las alas con todas sus fuerzas, las agitó con ritmo y… ¡funcionó! Poco a poco, comenzó a elevarse. Al principio torpemente, pero luego con más seguridad. Voló sobre el pueblo, sobre las montañas, sintiendo la libertad en cada aleteo. Vio el mundo desde una perspectiva completamente nueva.

Cuando regresó al pueblo, sus amigos lo miraban con asombro y admiración. Los que se habían burlado de él se avergonzaron. Mateo había demostrado que, a veces, es necesario arriesgarse para alcanzar nuestros sueños.

Jorge cerró el libro con una sonrisa. "¿Te gustó?", me preguntó.

"¡Me encantó!", le respondí. "Es una historia muy bonita sobre el coraje y la importancia de creer en uno mismo".

"A mí también me gusta mucho", dijo Jorge. "Me recuerda que no debo tener miedo de intentar cosas nuevas, aunque sean difíciles".

Ese día aprendí, junto con Jorge, que todos tenemos alas, aunque a veces no lo sepamos. Y que, para volar, solo necesitamos un poco de coraje y un gran abismo.

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Publicado el 14/04/2026

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