¡El Monstruo de la Comida y el Niño Glotón!
Mateo, un niño que no quería comer, se ve obligado a terminar su plato de lentejas cuando su tía Elena le cuenta la historia del Monstruo de la Comida, una criatura que se lleva a los niños que no comen. Asustado por la idea de ser atrapado por el monstruo y obligado a comer comida horrible, Mateo se come todo y aprende a disfrutar de la comida.
Había una vez, en un pueblito colorido donde las casas parecían caramelos, un niño llamado Mateo. Mateo era un niño muy juguetón y curioso, pero tenía un gran problema: ¡no le gustaba comer! Cada vez que su mamá le servía un plato de comida, Mateo hacía una mueca y decía: "¡No quiero!" No importaba si era arroz con pollo, sopa de verduras o incluso su postre favorito, el flan de caramelo. Siempre encontraba una excusa para no comer. Un día, su tía Elena, una señora con una sonrisa tan cálida como el sol y un delantal lleno de manchas de colores, vino a visitarlos. Tía Elena era famosa en el pueblo por contar historias increíbles y por sus remedios caseros para todo, desde el dolor de barriga hasta la tristeza en el corazón. Al ver la cara de Mateo frente a un plato de lentejas, Tía Elena se acercó y le susurró al oído: "Mateo, ¿sabes por qué debes comer toda tu comida?" Mateo negó con la cabeza, intrigado. "Porque si no te la comes, el Monstruo de la Comida vendrá a buscarte," dijo Tía Elena con una voz misteriosa. "Es un monstruo muy feo y hambriento. Se alimenta de la comida que los niños dejan en sus platos. Dicen que tiene dientes afilados como cuchillos y un estómago sin fondo." Mateo abrió los ojos como platos. ¡Un monstruo! Nunca había oído hablar de algo así. La idea de un monstruo que se comía la comida abandonada lo asustó mucho. "Pero Tía Elena," preguntó Mateo con voz temblorosa, "¿cómo es ese monstruo?" "Oh, es horrible," respondió Tía Elena, exagerando un poco. "Tiene ojos saltones que brillan en la oscuridad, una boca enorme llena de babas verdes y un cuerpo cubierto de sobras de comida. ¡Es un asco! Y le encanta perseguir a los niños que no comen." Mateo miró su plato de lentejas con otros ojos. De repente, las lentejas no parecían tan malas. Pensó en el Monstruo de la Comida, con sus ojos brillantes y su boca babosa, y sintió un escalofrío recorrerle la espalda. "Además," continuó Tía Elena, "el Monstruo de la Comida es muy astuto. Se esconde debajo de las mesas, detrás de las cortinas y hasta dentro de los armarios. ¡Está siempre al acecho, esperando a que dejes algo de comida en el plato!" Mateo agarró la cuchara con fuerza y tomó un pequeño bocado de lentejas. No estaba tan malo después de todo. Pensó en el monstruo escondido en su habitación, esperando a que él dejara comida. ¡Qué horror! "Y dicen," añadió Tía Elena con un tono aún más grave, "que el Monstruo de la Comida se lleva a los niños que no comen a su guarida, donde los obliga a comer solo comida fea y asquerosa para siempre. ¡Brócoli hervido sin sal, sopa de coliflor aguada y puré de calabaza frío!" La sola idea de comer brócoli hervido sin sal hizo que Mateo se le pusiera la piel de gallina. Tomó otro bocado de lentejas, esta vez un poco más grande. Se imaginó a sí mismo atrapado en la guarida del monstruo, rodeado de montañas de comida horrible. ¡No, eso no podía pasar! Así que, con determinación renovada, Mateo comenzó a comer sus lentejas. Al principio, comió despacio, con cuidado de saborear cada bocado. Pero a medida que pensaba en el Monstruo de la Comida y en su guarida espantosa, comía más y más rápido. Su mamá y su tía lo miraban con sorpresa. Nunca lo habían visto comer con tanto entusiasmo. Mateo, impulsado por el miedo al monstruo y el deseo de evitar el brócoli hervido sin sal, se comió todas las lentejas. ¡Hasta la última! Cuando terminó, Mateo se sintió orgulloso y aliviado. Había vencido al Monstruo de la Comida. Le sonrió a su tía Elena, quien le guiñó un ojo. "¡Muy bien, Mateo!" dijo Tía Elena. "Has demostrado ser muy valiente. Estoy segura de que el Monstruo de la Comida no se atreverá a acercarse a ti." A partir de ese día, Mateo siguió comiendo toda su comida, no solo por miedo al Monstruo de la Comida, sino también porque se dio cuenta de que la comida era deliciosa y le daba energía para jugar y divertirse. Y aunque nunca vio al Monstruo de la Comida, siempre recordaba la historia de su tía Elena y se aseguraba de no dejar ni una sola migaja en su plato. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Pero la lección de Mateo, ¡nunca debe ser olvidado!
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