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Gratis · elegí una vozMora, Natali, Violeta y Berenice, cuatro amigas inseparables, ¡estaban que no cabían en sí de la emoción! La empresa Auckland, donde trabajaban sus papás, les había regalado un viaje a Disneylandia con todos los gastos pagados. ¡Un sueño hecho realidad! Los coordinadores de Auckland, el Señor Pérez y la Señora Gómez, eran muy amables y se aseguraban de que todo fuera perfecto.
Al llegar al parque, los ojos de las chicas brillaban más que las luces de Main Street. Montañas rusas altísimas, desfiles coloridos y personajes de Disney por todas partes. ¡Era mágico! Se tomaron fotos con Mickey Mouse, con Minnie Mouse y hasta con Goofy. Después de un helado gigante, decidieron ir al laberinto del Castillo de la Bella Durmiente.
Dentro del laberinto, algo no estaba bien. El Mickey Mouse que encontraron al final no parecía el mismo. Sus ojos brillaban de una manera extraña y su sonrisa era… ¡siniestra! "¡Bienvenidos, pequeñas intrusas!", dijo Mickey con una voz ronca que no era la suya. "¡Ahora este laberinto será su hogar!".
Mora, la más valiente, intentó hablar: "Señor Mickey, creo que se ha equivocado… nosotros…". Pero Mickey, con una agilidad sorprendente, las empujó hacia una puerta secreta que apareció de repente en la pared del laberinto. ¡Click! La puerta se cerró detrás de ellas, dejándolas en una habitación oscura y polvorienta.
"¡Ay, no! ¿Qué vamos a hacer?", lloriqueó Natali, la más sensible del grupo. Violeta, la más inteligente, encendió la linterna de su teléfono. La habitación era pequeña y solo tenía una ventana alta, demasiado alta para alcanzarla. Berenice, la más observadora, notó algo raro en la pared. "¡Miren!", exclamó. "Hay un mensaje escrito aquí… con pintura roja".
El mensaje decía: "Si quieren escapar, busquen al Pato Donald. Él tiene la llave". Las chicas se miraron con esperanza. ¡El Pato Donald! ¿Cómo lo encontrarían en todo Disneylandia? "Tenemos que salir de aquí primero", dijo Mora con determinación. Empezaron a buscar pistas, empujando estantes y moviendo cajas. De repente, Violeta encontró una pequeña rendija en la pared. Con mucho esfuerzo, lograron abrirla lo suficiente para colarse por ella.
Se encontraron en un pasillo estrecho y oscuro. Caminaron con cuidado, escuchando ruidos extraños que venían de todas partes. Finalmente, llegaron a una puerta que daba a la cocina de uno de los restaurantes del parque. ¡Qué alivio! Salieron corriendo, buscando a los coordinadores de Auckland. Pero no los encontraban por ninguna parte.
"¡Tenemos que encontrar al Pato Donald!", insistió Berenice. Empezaron a preguntar a todos los personajes de Disney que veían: "¿Han visto al Pato Donald? ¡Necesitamos su ayuda!". Pero nadie parecía saber nada. Estaban a punto de perder la esperanza cuando, de repente, escucharon un graznido familiar. "¡Cuac, cuac! ¿Alguien necesita ayuda?"
¡Era el Pato Donald! Las chicas corrieron hacia él y le contaron todo lo que había pasado. El Pato Donald, aunque un poco asustado, se mostró muy valiente. "¡Ese Mickey es un impostor! ¡Yo me encargaré de él!", dijo con determinación. Llevó a las chicas a un lugar secreto, donde guardaba una llave mágica que abría todas las puertas de Disneylandia.
Juntos, el Pato Donald y las cuatro amigas regresaron al laberinto del Castillo de la Bella Durmiente. Allí encontraron al Mickey psicópata, que resultó ser un robot malvado creado por el Capitán Garfio para arruinar la magia de Disneylandia. El Pato Donald, con la ayuda de la llave mágica, desactivó al robot y lo encerró en una jaula. ¡Disneylandia estaba a salvo!
Los coordinadores de Auckland, que habían estado buscándolas por todas partes, las abrazaron con alivio. Explicaron que el Señor Pérez había notado algo raro en el Mickey del laberinto y había alertado a la seguridad del parque. Todo había sido un malentendido, pero una aventura inolvidable. Al final, Mora, Natali, Violeta y Berenice disfrutaron del resto de su viaje en Disneylandia, sabiendo que juntas podían superar cualquier obstáculo. Y, por supuesto, se tomaron muchas fotos con el verdadero Mickey Mouse, ¡que era mucho más amigable!
Desde ese día, las cuatro amigas recordaron su aventura en Disneylandia con una sonrisa. Aprendieron que incluso en los lugares más mágicos, hay que estar atentas y confiar en sus instintos. Y que la amistad, como la magia de Disney, ¡siempre te puede salvar!
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