El Valiente Tito y el Paracaídas Real
El Rey Rufián planea usar un paracaídas real para acaparar todas las bayas jugosas. Tito, una ardilla valiente, junto con sus amigos, sabotean el paracaídas para impedir que el rey se quede con las bayas, enseñándole una lección sobre compartir y la importancia de la comunidad.
En un palacio brillante, lleno de torres altas y jardines hermosos, vivía el Rey Rufián. Rufián no era un rey amable, ¡para nada! Le gustaba quedarse con todos los dulces, mandar a los jardineros a plantar solo flores rojas (su color favorito, aunque a nadie más le gustara), y, sobre todo, ¡dar órdenes! Todos en el reino temblaban cuando escuchaban su voz resonar por los pasillos del palacio. Pero en el reino también vivía Tito, una ardilla pequeña pero muy valiente. Tito vivía en el árbol más alto del jardín, y desde allí observaba todo lo que pasaba. No le gustaba nada cómo Rufián trataba a la gente. Un día, Tito vio algo muy extraño. El Rey Rufián estaba probándose un… ¿paracaídas? ¡Un paracaídas hecho de seda real y plumas de pavo real! Tito escuchó al rey murmurar: "¡Con este paracaídas, volaré hasta la montaña más alta y me quedaré con todas las bayas jugosas para mí solo! ¡Nadie más probará su dulzura!" Tito supo que tenía que hacer algo. No podía dejar que el Rey Rufián se quedara con todas las bayas. Las bayas eran para todos, ¡especialmente para los niños del pueblo y los pajaritos hambrientos! Tito bajó corriendo del árbol y reunió a sus amigos: a Lila, la mariquita lista; a Benito, el conejo saltarín; y a Sofía, la oruga sabia. Les contó el plan del Rey Rufián y les pidió ayuda. "¡Tenemos que detenerlo!", exclamó Lila, moviendo sus antenitas. "Pero, ¿cómo? ¡El rey es enorme y tiene guardias!", dijo Benito, asustado. "Tengo una idea", dijo Sofía, arrastrándose sobre una hoja. "El paracaídas. Si pudiéramos hacerle un pequeño agujero…" Tito asintió. ¡Era un plan perfecto! Pero, ¿cómo llegarían hasta el paracaídas sin que los guardias los vieran? La noche siguiente, mientras el Rey Rufián dormía plácidamente en su cama gigante, Tito, Lila, Benito y Sofía se acercaron sigilosamente al palacio. Tito, gracias a su agilidad, subió por la pared hasta la ventana del salón donde estaba guardado el paracaídas. Abrió la ventana con cuidado y dejó entrar a sus amigos. Sofía, con sus dientes afilados, comenzó a mordisquear una pequeña parte de la tela del paracaídas. Era difícil, pero poco a poco, logró hacer un agujero diminuto. Luego, Lila usó su saliva pegajosa para hacer que el agujero se agrandara un poco más. ¡Ya casi lo lograban! De repente, ¡un guardia! El guardia entró en el salón para asegurarse de que todo estaba en orden. Tito, Lila y Benito se escondieron rápidamente detrás de una cortina. Sofía, que era muy pequeña, se escondió debajo del paracaídas. El guardia miró alrededor, pero no vio nada sospechoso. Bostezó y salió del salón. ¡Uf! Estuvieron a punto de ser descubiertos. Una vez que el guardia se fue, volvieron al trabajo. Terminaron de hacer el agujero en el paracaídas. ¡Era pequeño, pero suficiente para que no funcionara correctamente! Al día siguiente, el Rey Rufián, muy contento, se puso su paracaídas y subió a la torre más alta del palacio. Se preparó para saltar. La gente del pueblo miraba desde abajo, preocupada. Tito y sus amigos observaban desde el jardín, conteniendo la respiración. El Rey Rufián saltó. El paracaídas se abrió… ¡pero no del todo! Gracias al agujero que habían hecho Tito y sus amigos, el paracaídas se abrió a medias y el Rey Rufián descendió lentamente, ¡pero no a la montaña! Aterrizó suavemente… ¡en el estanque de los patos! El Rey Rufián salió del estanque, cubierto de algas y con plumas de pato pegadas en su corona. Estaba furioso. Pero al ver las caras de alegría de la gente del pueblo, se dio cuenta de que lo que había hecho estaba mal. Se dio cuenta de que no podía quedarse con todas las bayas para él solo. A partir de ese día, el Rey Rufián cambió. Empezó a compartir los dulces, permitió que los jardineros plantaran flores de todos los colores, y dejó de dar tantas órdenes. Incluso aprendió a reírse de sí mismo, especialmente cuando recordaba su aterrizaje en el estanque de los patos. Tito, Lila, Benito y Sofía se convirtieron en los héroes del reino. Y cada año, celebraban el "Día del Paracaídas Real", recordando a todos que incluso la ardilla más pequeña puede hacer una gran diferencia.
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