¡Emely y el Monstruo de la Mochila!
Emely tiene miedo de ir al kínder porque imagina un monstruo que se alimenta del miedo. Su abuela le da una piedra mágica que la ayuda a controlar su miedo y a descubrir que el kínder es un lugar divertido y lleno de amigos.

Emely tenía miedo de ir al kínder. No era un miedo cualquiera, era un miedo gigante, un miedo que le hacía cosquillas en la barriga y le hacía sudar las manos. Cada mañana, cuando su mamá le preparaba el desayuno, el miedo se hacía más grande, como un globo inflándose sin parar. Veía el plato de cereal y pensaba: "¡Hoy tengo que ir al kínder!" Y entonces, el globo del miedo explotaba en su estómago. "¿Qué te pasa, mi amor?" preguntaba su mamá, notando su carita triste. "Tengo miedo, mamá," respondía Emely con la voz temblorosa. "No quiero ir al kínder." "¿Miedo de qué, cariño?" "De todo... de no conocer a nadie, de no saber qué hacer, de que no me guste..." Su mamá la abrazaba fuerte. "Emely, el kínder es un lugar maravilloso. Hay muchos niños con los que puedes jugar, muchas cosas nuevas que aprender, y maestras muy cariñosas que te ayudarán." Pero Emely seguía con miedo. Imaginaba que en el kínder había un monstruo, un monstruo peludo y gruñón que se escondía detrás de los estantes de libros y que solo esperaba para asustarla. Ese monstruo, en su imaginación, se llamaba el Monstruo de la Mochila, porque, según Emely, se alimentaba del miedo de los niños que llevaban mochilas al kínder. Un día, su abuela, que era muy sabia, la visitó. Emely le contó sobre su miedo y sobre el Monstruo de la Mochila. La abuela sonrió y le dijo: "Emely, todos tenemos miedo a veces. Pero el miedo no es un monstruo, es solo una emoción. Y las emociones se pueden controlar." La abuela sacó de su bolso una pequeña piedra brillante. "Esta es una piedra mágica," le dijo. "Cuando sientas miedo, aprieta esta piedra en tu mano y piensa en algo que te haga feliz. El miedo se irá." Emely tomó la piedra. Era lisa y tibia al tacto. La guardó en su bolsillo. Al día siguiente, cuando su mamá le preparó el desayuno, el globo del miedo empezó a inflarse de nuevo. Pero esta vez, Emely recordó la piedra mágica. La sacó de su bolsillo y la apretó con fuerza. Pensó en su perro, Max, al que le encantaba jugar a la pelota. Pensó en el sol, que calentaba su cara cuando jugaba en el parque. Y, para su sorpresa, el globo del miedo se desinfló un poquito. Cuando llegaron al kínder, Emely se sintió muy nerviosa. Vio a los otros niños jugando en el patio y sintió que el Monstruo de la Mochila se acercaba sigilosamente. Apretó la piedra mágica con más fuerza. Su mamá la acompañó hasta la puerta de su clase. "Recuerda, Emely," le dijo su mamá. "Si tienes miedo, aprieta la piedra y piensa en algo feliz. Y si necesitas algo, habla con tu maestra." Emely asintió con la cabeza y entró en la clase. Al principio, se quedó pegada a la pared, observando a los otros niños. Vio a una niña construyendo una torre con bloques, a un niño pintando un dibujo, y a una maestra leyendo un cuento. Nadie parecía asustado. De repente, una niña se acercó a Emely. "Hola," le dijo con una sonrisa. "Me llamo Sofía. ¿Quieres jugar con nosotros?" Emely dudó por un momento. Apretó la piedra mágica en su bolsillo. "Sí," dijo tímidamente. Sofía la llevó a la mesa de los bloques. Emely empezó a construir una torre junto a Sofía. Se dio cuenta de que no era tan difícil hacer amigos. Los bloques eran divertidos y Sofía era muy amable. Durante el resto del día, Emely jugó, cantó, y aprendió muchas cosas nuevas. Descubrió que el kínder no era un lugar aterrador, sino un lugar lleno de alegría y de amigos. El Monstruo de la Mochila no apareció por ningún lado. Al final del día, cuando su mamá la recogió, Emely estaba radiante. "¡Mamá, me encantó el kínder!" exclamó. "Hice una nueva amiga y construí una torre gigante. ¡Y el Monstruo de la Mochila no existe!" Su mamá la abrazó. "Lo sabía, mi amor. Sabía que te gustaría." Emely guardó la piedra mágica en su mochila. Ya no tenía miedo. Sabía que el kínder era un lugar seguro y divertido, y que, aunque a veces sintiera un poquito de miedo, siempre podría apretar su piedra mágica y pensar en cosas felices. Y así, Emely aprendió que el miedo no era un monstruo, sino solo una emoción que se podía domar con un poco de valentía y una piedra brillante.
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