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Gratis · elegí una vozCuando éramos niños, mi padre le dijo a mi hermano Ángel: "¡Angelito, tienes el pelo como Kamammuri!" Su pelo era largo y desaliñado, como un nido de pájaros.
"¿Quién es Kamammuri, papá?", pregunté yo, Gildito, con curiosidad.
Papá sonrió. "Kamammuri era un hombre singular. Muy delgado y atlético, con rasgos asiáticos y una melena rizada enorme. Cuando le preguntabas de dónde era, respondía con acento portugués que era un derviche, ¡una especie de faquir! Iba de ciudad en ciudad haciendo espectáculos. Siempre decía: Ahora estoy de paso, mañana viajo a Francia. Estaré un tiempo en París y luego iré a Berlín. ¡Pero un año volveré por aquí!"
Muchos años antes, el 23 de octubre de 1933, mi abuela Pilar encontró una carta en el buzón dirigida a mi abuelo Gildo. Entró en el estudio de pintura.
"¡Gildo, tienes correspondencia!"
"Pasa, pasa, Pilar. A ver qué es," dijo mi abuelo, dejando sus pinceles y limpiándose las manos. "¡Vaya sorpresa! ¡Carta del derviche! ¡Cuánto tiempo sin saber de él!"
Mi abuelo giró el sobre. La dirección de remite era de la calle Hortaleza de Madrid. Abrió la carta con entusiasmo y comenzó a leer.
"¡Me cuenta que se casó hace unos meses con una jovencísima mujer, casi una niña! Ella le acompaña en todas sus giras, ayudándole en su espectáculo. Dice que ha permanecido un par de meses en Madrid, donde se ha crucificado en el espectáculo del Price."
"¡Qué barbaridad!", exclamó mi abuela Pilar.
"No es todo," continuó mi abuelo. "También escribe que en otras ciudades del extranjero se ha pasado un hierro candente por la lengua y se ha metido a martillazos un puñal por las narices, en dirección al cerebro. ¡Pero lo más estremecedor es que en Londres se enterró vivo durante una semana, sin comer ni beber nada, dos metros bajo tierra!"
"Comenta que su intención es llegar a Zaragoza para primeros de noviembre para realizar este espectáculo en los cines Goya y que si no sería molestia pudiéramos acogerles dándoles posada en casa, que así podría guardar sus cosas allí y su esposa pernoctaría durante su enterramiento."
A principios de noviembre, alguien tocó el timbre del entresuelo izquierda. Mi abuelo salió corriendo a recibirles. "¡Pasar, pasar!" Kamammuri y su esposa entraron con un baúl y otros enseres para su espectáculo. Mi abuela les acomodó en la alcoba. Después, pasaron al estudio de pintura, donde el faquir les contó que no había podido cerrar el trato con los Cines Goya y que había encontrado un almacén vacío en la calle de Conde Aranda número tres. Esa misma tarde iría a verlo.
El día asignado y publicitado causó gran expectación. Dentro del almacén, antes de que unos enterradores improvisados cerraran la caja, Kamammuri fue reconocido por el prestigioso doctor Araiz, quien le apreció un catarro fuerte. El doctor le entregó varias pastillas pectorales. El hindú besó a su joven esposa, se soltó el pelo, se puso el traje mortuorio y se metió en el ataúd.
Momentos después, su ataúd ya clavado y precintado por el delegado de la autoridad, fue bajado a una fosa de dos metros de profundidad. En ese instante, en la calle sonaron campanas de funeral y doce cohetes. La joven esposa de Kamammuri se agarró al brazo de mi abuela Pilar, derramando lágrimas. Mi abuelo, al ver a su esposa asustada, le susurró al oído: "No te preocupes, su llanto es parte del espectáculo". A las nueve en punto de la noche, Kamammuri quedó instalado en su sepultura, donde permanecería el tiempo estimado sin comer ni beber.
Durante los días del enterramiento, la expectación fue enorme. Cientos de niños y mayores acudían a ver al faquir después de pasar por taquilla. Cada día había un parte diario en la prensa. Muchas personas visitaban la tumba. Unas bombillas rojas alumbraban la puerta y la fosa. El enterrado iba perdiendo el habla y empalideciendo, hasta que una barba abundante hacía más trágico el espectáculo.
Al noveno día, fue desenterrado con un ceremonial aparatoso ante un público numerosísimo. Mis abuelos estaban expectantes. Kamammuri fue sacado del ataúd con cuidado y acostado en una camilla para su traslado en un vehículo sanitario hasta la casa, donde se repondría de las energías y kilos perdidos.
Mientras se restablecía en casa gracias a las atenciones de su esposa y de mi abuela, mi tía Raquel y yo estábamos encantados de tener al matrimonio en casa. Cuando podíamos, nos acercábamos y Kamammuri nos enseñaba algún pequeño truco.
El día 19 de noviembre se celebraron las elecciones generales. Como había un ambiente caldeado, se introdujeron en las urnas papeletas que fueron declaradas nulas. En Zaragoza, el que cosechó mayor número de estos votos fue el derviche Kamammuri.
Una semana después, ya estaba plenamente recuperado y muy agradecido. Se acercó al estudio y le comentó a mi abuelo que su intención era realizar otro espectáculo en el Cinema Monumental, que duraría un par de días. Luego se marcharían para Madrid. Le pagó por los días que habían estado y, en agradecimiento, le dio a mi abuelo un abrazo y a mi abuela y a nosotros, sus hijos, un beso con una cómplice sonrisa.
"¡Esto hay que celebrarlo!", comentó mi abuelo. "¡Cenaremos y nos tomaremos un par de botellas de vino de Maluenda que tengo aquí!"
Los días del espectáculo cosechó un éxito enorme. Todo el mundo quería ver sus emocionantes experimentos científicos: simulacro de decapitación, sondajes intramusculares y nasales, el yunque humano, la grúa humana, cortador de clavos de más de veinte centímetros con la boca y el más sorprendente, "La boca incombustible".
A la mañana siguiente, Kamammuri y su esposa querían partir hacia Madrid. Mi tía y yo nos levantamos nerviosos para desayunar en la alcoba, pero solo encontramos el famoso baúl. No había ni rastro de ellos, ni se les escuchó salir. Además, mi abuela echaba la llave y no se podía abrir la puerta. ¡Era todo muy extraño! Al abrir el baúl, encontramos una misiva manuscrita: "Regalo para tus hijos". ¡Y allí estaba la daga Kirpan de Kamammuri, con su mango de orfebrería y piedras preciosas!
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